martes, 9 de diciembre de 2008

CUANDO BERNARDO MASTICÓ GRAMA

CUANDO BERNARDO MASTICÓ GRAMA

Por Florencia M. Weslake

BERNARDO no se sentía muy cómodo sentado frente al fuego. Por extraño que parezca, estaba procurando respirar tanto humo como le fuera posible, y de vez en cuando le preguntaba a su hermanita:

-¿Todavía puedes sentir el olor?

-Sí, todavía puedo sentirlo -le respondía Mariana. Ella amaba profundamente a su hermano, y, si le era posible, lo escudaría de cualquier cosa en el mundo que pudiera dañarlo. Pero a Mariana le parecía ahora que su hermano estaba traspasando la línea, y que en esas circunstancias, a ella le sería imposible ayudarlo. En su joven cabecita, ella pensaba que Bernardo se estaba poniendo demasiado atrevido, demasiado osado, y que la mamá, que siempre era dulce y bondadosa, esta vez lo castigaría. El papá estaba ausente de la casa gran parte del tiempo, pero la mamá no descuidaba su deber, como ya Mariana lo había descubierto en sus siete años de vida.

Generalmente los dos niños jugaban muy felices juntos, pero, desde que había cumplido los diez años, a Bernardo de vez en cuando le gustaba salir con los muchachos. La mamá le había dicho repetidas veces que Federico, el muchacho que vivía a la vuelta de la esquina, no era un buen compañero para él; pero Bernardo admiraba en Federico su garbo y su forma fanfarrona de encarar las cosas, y esa especie de diablillo que bullía en él, que lo convertían en un héroe ante los ojos de los muchachos menores.

Esa tarde Federico se mostró especialmente atrevido.

-Mira lo que tengo en el bolsillo, Bernardo -dijo y sacó un paquete de cigarrillos-. ¿Te atreves a probar uno?

Bernardo vaciló por un momento, recordando las estrictas órdenes que su padre le había dado, y el chasco que sufriría su madre si descubría que él había fumado.

Federico lo animó diciendo:

-¡Vamos, ya no eres un bebé!

Bernardo sabia que él debería haber dicho directamente:

-No, yo no los tocaré -pero vaciló, y Federico de nuevo trató de persuadirlo.

De cualquier manera sus padres nunca se enterarían de nada, de manera que Bernardo hizo a un lado su conciencia y salió con Federico, por la cerca de atrás, yendo luego por el camino que conducía al arroyo, donde había unos arbustos... precisamente el lugar apropiado para encender sus cigarrillos sin que nadie los viera. Federico había probado fumar antes, y le aseguró a Bernardo que eso era muy emocionante Pero Bernardo no tardó en descubrir que el fumar no era tan agradable como Federico se lo había pintado, y después de las dos o tres primeras bocanadas sintió un gusto horrible en la boca.

Federico se rió de él y le dijo:

-Mejor que mastiques un poco de hierba antes de ir a casa. Eso te limpiará la boca y tu madre no se enterará de nada.

A orillas del arroyo crecía en abundancia la grama, verde, fresca y lozana, y después de un rato a Bernardo le pareció que, a juzgar por la cantidad de grama que había masticado, debía ser un caballo. Luego le empezó a doler la cabeza y, disculpándose, se retiró.

Se alegró al llegar a la casa, pero aunque no se sentía muy feliz, no pensaba que sería descubierto, a lo menos por su madre. Había sin embargo, una o dos cosas en las cuales no había pensado, y una de ellas era su aliento. Mariana lo esperaba en el portón, y tan pronto como se acercó a él se dio cuenta de lo que su hermano había estado haciendo. Abriendo tamaños ojos le echó una mirada de reproche, porque ella y Bernardo eran muy compañeros.

-Bernardo -dijo, y su voz sonaba muy triste.

-¿Sientes mucho el olor? -preguntó él. Mariana asintió con la cabeza.

-Yo mastiqué grama como Federico dijo, montones, pero parece que eso no ayuda nada.

Durante la cena Bernardo se mantuvo extrañadamente silencioso y Mariana lo observó ansiosamente. Después se sentaron en torno al fuego, Bernardo tan lejos de su madre como le fue posible. Se alegró porque el fuego echaba un poco de humo, y él aprovechó para aspirarlo tanto como pudo, con la esperanza de que el olor del humo disfrazaría el otro olor.

Por fin llegó la hora de acostarse. La mamá le lavó la cara a Mariana y luego llamó a Bernardo. El trató de retener el aliento mientras hablaba con ella, pero no pudo lograrlo. La madre se detuvo de repente y dijo en una voz muy queda que era tan suya:

-Bernardo, ¿qué has estado haciendo?

-Nada.

-Tú has estado fumando, ¿no es así?

-Tal vez es el humo del fuego -dijo él, pero estaba seguro de que ella no le creería.

¡Y así fue! Ella no le creyó. Bernardo comprendió que no valía la pena seguir negando más. A la madre nunca se le puede mentir, y el niño comprendió que debía recibir el castigo. La madre le lavó la boca con algo que tenía un sabor horrible, y además le administró una dosis de lo que ella llamaba "aceite de correa". En esa medicina no había mucho de aceite, pero por cierto que había bastante de correa.

Esa noche fue a la cama un muchacho triste, pero cuando despertó a la mañana, era un muchacho más sabio que estaba resuelto a que nunca volvería a fumar, ni chasquear a Mariana, ni apenar a su madre. Había aprendido algo aun más importante: -que los muchachos se sienten mucho más felices cuando son leales y obedientes y están de parte de lo que es recto.

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