domingo, 21 de diciembre de 2008
martes, 9 de diciembre de 2008
EL VIOLINISTA DE HAMELÍN
EL VIOLINISTA DE HAMELÍN
Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.
Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga.
Por más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se enseñoreaba de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían asustados.
Ante la gravedad de la situación, los hombres ricos de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".
Al poco se presentó ante ellos un violinista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".
Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su violín una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del violinista que tocaba incansable su violín.
Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad.
Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al violinista, todos los ratones perecieron ahogados.
Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.
A la mañana siguiente, el violinista se presentó ante el Consejo y reclamó a los hombres ricos de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar el violín?".
Y dicho esto, los orondos hombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el violinista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al violinista.
Nada lograron y el violinista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron.
En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño.
Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.
Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga.
Por más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se enseñoreaba de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían asustados.
Ante la gravedad de la situación, los hombres ricos de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".
Al poco se presentó ante ellos un violinista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".
Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su violín una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del violinista que tocaba incansable su violín.
Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad.
Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al violinista, todos los ratones perecieron ahogados.
Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.
A la mañana siguiente, el violinista se presentó ante el Consejo y reclamó a los hombres ricos de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar el violín?".
Y dicho esto, los orondos hombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el violinista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al violinista.
Nada lograron y el violinista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron.
En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño.
"PULGARCITO"
"PULGARCITO"
Por: Hermanos Grimm / Alemania.
Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado. Dijo el hombre: — ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! — Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.
Sucedió que la mujer sintióse indispuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar. Y dijeron los padres: — Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera.
Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: «¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». — ¡Padre! -exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Echóse el hombre a reír, diciendo: — ¿Cómo te las compondrás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? — No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -pensó el hombre-, no se perderá nada con probarlo».
Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos forasteros. — ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. — ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña. Al verlo Pulgarcito, gritóle: — ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra!
El hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedáronse mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: — Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al leñador, dijéronle: - Vendednos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. — No -respondió el padre-, es la niña de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo. Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: — Padre, dejadme que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. — ¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron. — Ponedme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme.
Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: — Dejadme bajar, lo necesito. — ¡Bah!, no te muevas -le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo-. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en cuando. — No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bajadme, ¡deprisa!
El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se extendía al borde del camino. Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullóse en una gazapera que había estado buscando. — ¡Buenas noches, señores, podéis seguir sin mí! -les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano; Pulgarcito se metía cada vez más adentro; y como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino enfurruñados y con las bolsas vacías.
Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que se habían marchado, salió de su escondrijo. «Eso de andar por el campo a oscuras es peligroso -díjose-; al menor descuido te rompes la crisma». Por fortuna dio con una concha de caracol vacía: «¡Loado sea Dios! -exclamó-. Aquí puedo pasar la noche seguro». Y se metió en ella. Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de ellos decía. — ¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata del cura? — Yo puedo decírtelo -gritó Pulgacito. — ¿Qué es esto? -preguntó, asustado, uno de los ladrones-. He oído hablar a alguien.
Paráronse los dos a escuchar, y Pulgarcito prosiguió: -Llevadme con vosotros, yo os ayudaré. — ¿Dónde estás? — Buscad por el suelo, fijaos de dónde viene la voz -respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: — ¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? — Mirad -respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la reja, en el cuarto del cura, y os pasaré todo lo que queráis llevaros. — Está bien -dijeron los ladrones-. Veremos cómo te portas.
Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: — ¿Queréis llevaros todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron: — ¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien! Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado: — ¿Qué queréis? ¿Vais a llevaros todo lo que hay?
Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, púsose a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: — Vamos, no juegues y pásanos algo. Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones: — ¡Os lo daré todo enseguida; sólo tenéis que alargar las manos!
La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones tomaron las de Villadiego como alma que lleva el diablo. La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvióse a la cama convencida de que había estado soñando despierta.
Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casadescansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus padres. Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a dar el pienso al ganado. Entró primero en el pajar y cogió un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo. Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la b — ¡Válgame Dios! -exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. — En este cuartito se han olvidado de las ventanas -dijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera.
El aposento no le gustaba ni pizca, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, púsose a gritar con todas sus fuerzas: — ¡Basta de forraje, basta de forraje! La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, espantóse tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche. Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: — ¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado! — ¿Estás loca? -respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: — ¡Basta de forraje, basta de forraje! Pasmóse el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez pueda entenderme con el lobo», pensó, y, desde su panza, le dijo: — Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto. —- ¿Dónde está? -preguntó el lobo. — En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo -. Y le dio las señas de la casa de sus padres.
El lobo no se lo hizo repetir; escurrióse por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el gollete. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor de sus pulmones. — ¡Cállate! -le decía el lobo-. Vas a despertar a la gente de la casa. — ¡Y qué! -replicó el pequeñuelo-. Tú bien te has atiborrado, ahora me toca a mí divertirme -y reanudó el griterío.
Despertáronse, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volviéronse a buscar, el hombre, un hacha, y la mujer, una hoz. — Quédate tú detrás -dijo el hombre al entrar en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz. Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó: — Padre mío, estoy aquí, en la panza del lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso: — ¡Loado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! -y mandó a su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto.
Subieron entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su hijito. — ¡Ay! -exclamó el padre-, ¡cuánta angustia nos has hecho pasar! — Sí, padre, he corrido mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro. — ¿Y dónde estuviste? — ¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de una vaca y en la panza de un lobo. — Pero desde hoy me quedaré con vosotros. — Y no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo -dijeron los padres, acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Diéronle de comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante sus correrías.
MORALEJA
Nadie se lamenta de una larga descendencia cuando todos los hijos tienen buena presencia, son hermosos y bien desarrollados; mas si alguno resulta enclenque o silencioso de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado. A veces, sin embargo, será este mocoso el que a la familia ha de colmar de agrados.
Por: Hermanos Grimm / Alemania.
Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado. Dijo el hombre: — ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! — Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.
Sucedió que la mujer sintióse indispuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar. Y dijeron los padres: — Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera.
Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: «¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». — ¡Padre! -exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Echóse el hombre a reír, diciendo: — ¿Cómo te las compondrás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? — No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -pensó el hombre-, no se perderá nada con probarlo».
Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos forasteros. — ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. — ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña. Al verlo Pulgarcito, gritóle: — ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra!
El hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedáronse mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: — Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al leñador, dijéronle: - Vendednos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. — No -respondió el padre-, es la niña de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo. Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: — Padre, dejadme que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. — ¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron. — Ponedme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme.
Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: — Dejadme bajar, lo necesito. — ¡Bah!, no te muevas -le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo-. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en cuando. — No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bajadme, ¡deprisa!
El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se extendía al borde del camino. Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullóse en una gazapera que había estado buscando. — ¡Buenas noches, señores, podéis seguir sin mí! -les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano; Pulgarcito se metía cada vez más adentro; y como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino enfurruñados y con las bolsas vacías.
Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que se habían marchado, salió de su escondrijo. «Eso de andar por el campo a oscuras es peligroso -díjose-; al menor descuido te rompes la crisma». Por fortuna dio con una concha de caracol vacía: «¡Loado sea Dios! -exclamó-. Aquí puedo pasar la noche seguro». Y se metió en ella. Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de ellos decía. — ¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata del cura? — Yo puedo decírtelo -gritó Pulgacito. — ¿Qué es esto? -preguntó, asustado, uno de los ladrones-. He oído hablar a alguien.
Paráronse los dos a escuchar, y Pulgarcito prosiguió: -Llevadme con vosotros, yo os ayudaré. — ¿Dónde estás? — Buscad por el suelo, fijaos de dónde viene la voz -respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: — ¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? — Mirad -respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la reja, en el cuarto del cura, y os pasaré todo lo que queráis llevaros. — Está bien -dijeron los ladrones-. Veremos cómo te portas.
Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: — ¿Queréis llevaros todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron: — ¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien! Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado: — ¿Qué queréis? ¿Vais a llevaros todo lo que hay?
Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, púsose a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: — Vamos, no juegues y pásanos algo. Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones: — ¡Os lo daré todo enseguida; sólo tenéis que alargar las manos!
La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones tomaron las de Villadiego como alma que lleva el diablo. La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvióse a la cama convencida de que había estado soñando despierta.
Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casadescansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus padres. Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a dar el pienso al ganado. Entró primero en el pajar y cogió un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo. Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la b — ¡Válgame Dios! -exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. — En este cuartito se han olvidado de las ventanas -dijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera.
El aposento no le gustaba ni pizca, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, púsose a gritar con todas sus fuerzas: — ¡Basta de forraje, basta de forraje! La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, espantóse tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche. Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: — ¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado! — ¿Estás loca? -respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: — ¡Basta de forraje, basta de forraje! Pasmóse el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez pueda entenderme con el lobo», pensó, y, desde su panza, le dijo: — Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto. —- ¿Dónde está? -preguntó el lobo. — En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo -. Y le dio las señas de la casa de sus padres.
El lobo no se lo hizo repetir; escurrióse por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el gollete. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor de sus pulmones. — ¡Cállate! -le decía el lobo-. Vas a despertar a la gente de la casa. — ¡Y qué! -replicó el pequeñuelo-. Tú bien te has atiborrado, ahora me toca a mí divertirme -y reanudó el griterío.
Despertáronse, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volviéronse a buscar, el hombre, un hacha, y la mujer, una hoz. — Quédate tú detrás -dijo el hombre al entrar en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz. Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó: — Padre mío, estoy aquí, en la panza del lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso: — ¡Loado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! -y mandó a su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto.
Subieron entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su hijito. — ¡Ay! -exclamó el padre-, ¡cuánta angustia nos has hecho pasar! — Sí, padre, he corrido mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro. — ¿Y dónde estuviste? — ¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de una vaca y en la panza de un lobo. — Pero desde hoy me quedaré con vosotros. — Y no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo -dijeron los padres, acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Diéronle de comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante sus correrías.
MORALEJA
Nadie se lamenta de una larga descendencia cuando todos los hijos tienen buena presencia, son hermosos y bien desarrollados; mas si alguno resulta enclenque o silencioso de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado. A veces, sin embargo, será este mocoso el que a la familia ha de colmar de agrados.
”LA CUQUITA LISI Y SUS AMIGOS”
”LA CUQUITA LISI Y SUS AMIGOS”
Por: Anamary Hernández (9 años/4to grado/La Habana, Cuba)
Había una vez una cuquita que se llamaba Lisi. Era muy inteligente, amistosa y solidaria. Su dueña era una niña que no jugaba con ella y la tenía encerrada en una casita día tras día, sin poder disfrutar de la belleza exterior. Un día ella se cansó y salió a recorrer el mundo. Corrió libremente por el campo y vió su maravilloso verdor.
¡Ah! ….Pero cuando la noche llegó, ella dijo:
- ¡Ay Dios mío!, ¿Que me haré?, ¿Dónde dormiré?.
Y pensando eso, ¡Pun!, cayó dormida. Esa noche fue una noche muy, pero muy larga porque se despertó varias veces y se sentía muy sola.
De pronto sintió unos sollozos, y buscó, hasta que vió a un zorrito y ella le dijo:
- ¿Estas perdido mi niñito? Y él le respondió llorando:
- No tengo a nadie que me cuide, he perdido a mi mamá y hace días que la estoy buscando.
- ¿Cómo te llamas? - Me llamo Cuco. - Mi nombre es Lisi, no te preocupes, yo te cuidaré y seré tu amiga.
Y él le dijo muy contento:
-¡Gracias, gracias! Caminaron, caminaron y caminaron, hasta que se encontraron una cueva, allí descansaron un poco y decidieron pasar la noche.
De pronto llegó una lagartija vieja y sabia, llamada Doña Sabina, Lisi la vió y gritó asustada:
- ¡Ah, aaaaa! …………….. Y el eco se sintió:
- ¡Ah, aaaaa! ……………… Doña Sabina preguntó: -
¿Que hacen estos intrusos aquí? Y Cuco dijo a Lisi:
- ¡Vámonos corriendo de aquí! Pero Doña Sabina dijo:
- ¡No! ¡No! Al contrario, quédense aquí a vivir conmigo, mi nombre es Doña Sabina, les daré todo lo que necesiten; mi cueva es muy grande y yo estoy vieja y enferma, necesito compañía, así que los invito a vivir conmigo.
Lisi, que era una cuquita muy buena e inteligente le dijo: - No te preocupes, te cuidaremos para que te pongas bien, yo me llamo Lisi, Y luego le preguntó:
- Doña Sabina: ¿Usted cree que podamos atender aquí, en su cueva a los animalitos enfermos y cuidarlos?
- Pues claro, podemos hacer aquí un hospitalito y brindarle ayuda a los demás animalitos.
Y le dijo a Lisi:
- Tú serás la enfermera y Cuco el ayudante.
Y desde entonces la cueva de Doña Sabina fue el hospitalito del bosque, donde atendían a todos los animalitos enfermos. Allí todos ayudaban y cooperaban, trabajando en la cocina, buscando alimentos y medicinas; y sobre todo, cuidándose y queriéndose mucho los unos a los otros.
Un día Lisi atendió a una Zorra que los cazadores habían herido, la Zorra estaba muy mal y triste. Lisi le preguntó:
- ¿Por qué estas tan triste querida Zorra? - Porque he perdido a mi hijito Cuco - ¿Cómo es tu hijito?
La Zorra le explicó, y Lisi comprendió que esta era la madre de su amigo Cuco. Ese día todos celebraron el encuentro de Cuco con su madre.
Y desde entonces todos fueron muy felices gracias a la hospitalidad de la sabia lagartija y a la ayuda e inteligencia de la linda cuquita y de sus buenos amigos.
De esta manera la cuquita Lisi ya no estuvo más guardada en una casita, si no ayudando a todos los demás.
Por: Anamary Hernández (9 años/4to grado/La Habana, Cuba)
Había una vez una cuquita que se llamaba Lisi. Era muy inteligente, amistosa y solidaria. Su dueña era una niña que no jugaba con ella y la tenía encerrada en una casita día tras día, sin poder disfrutar de la belleza exterior. Un día ella se cansó y salió a recorrer el mundo. Corrió libremente por el campo y vió su maravilloso verdor.
¡Ah! ….Pero cuando la noche llegó, ella dijo:
- ¡Ay Dios mío!, ¿Que me haré?, ¿Dónde dormiré?.
Y pensando eso, ¡Pun!, cayó dormida. Esa noche fue una noche muy, pero muy larga porque se despertó varias veces y se sentía muy sola.
De pronto sintió unos sollozos, y buscó, hasta que vió a un zorrito y ella le dijo:
- ¿Estas perdido mi niñito? Y él le respondió llorando:
- No tengo a nadie que me cuide, he perdido a mi mamá y hace días que la estoy buscando.
- ¿Cómo te llamas? - Me llamo Cuco. - Mi nombre es Lisi, no te preocupes, yo te cuidaré y seré tu amiga.
Y él le dijo muy contento:
-¡Gracias, gracias! Caminaron, caminaron y caminaron, hasta que se encontraron una cueva, allí descansaron un poco y decidieron pasar la noche.
De pronto llegó una lagartija vieja y sabia, llamada Doña Sabina, Lisi la vió y gritó asustada:
- ¡Ah, aaaaa! …………….. Y el eco se sintió:
- ¡Ah, aaaaa! ……………… Doña Sabina preguntó: -
¿Que hacen estos intrusos aquí? Y Cuco dijo a Lisi:
- ¡Vámonos corriendo de aquí! Pero Doña Sabina dijo:
- ¡No! ¡No! Al contrario, quédense aquí a vivir conmigo, mi nombre es Doña Sabina, les daré todo lo que necesiten; mi cueva es muy grande y yo estoy vieja y enferma, necesito compañía, así que los invito a vivir conmigo.
Lisi, que era una cuquita muy buena e inteligente le dijo: - No te preocupes, te cuidaremos para que te pongas bien, yo me llamo Lisi, Y luego le preguntó:
- Doña Sabina: ¿Usted cree que podamos atender aquí, en su cueva a los animalitos enfermos y cuidarlos?
- Pues claro, podemos hacer aquí un hospitalito y brindarle ayuda a los demás animalitos.
Y le dijo a Lisi:
- Tú serás la enfermera y Cuco el ayudante.
Y desde entonces la cueva de Doña Sabina fue el hospitalito del bosque, donde atendían a todos los animalitos enfermos. Allí todos ayudaban y cooperaban, trabajando en la cocina, buscando alimentos y medicinas; y sobre todo, cuidándose y queriéndose mucho los unos a los otros.
Un día Lisi atendió a una Zorra que los cazadores habían herido, la Zorra estaba muy mal y triste. Lisi le preguntó:
- ¿Por qué estas tan triste querida Zorra? - Porque he perdido a mi hijito Cuco - ¿Cómo es tu hijito?
La Zorra le explicó, y Lisi comprendió que esta era la madre de su amigo Cuco. Ese día todos celebraron el encuentro de Cuco con su madre.
Y desde entonces todos fueron muy felices gracias a la hospitalidad de la sabia lagartija y a la ayuda e inteligencia de la linda cuquita y de sus buenos amigos.
De esta manera la cuquita Lisi ya no estuvo más guardada en una casita, si no ayudando a todos los demás.
"HANSEL Y GRETEL"
"HANSEL Y GRETEL"
Por: Jacob y Wilhelm Grimm
Hansel y Gretel vivían con su padre, un pobre leñador, y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Vivían con muchísima escasez, y como ya no les alcanzaba para poder comer los cuatro, deberían plantearse el problema y tratar de darle una buena solución.
Una noche, creyendo que los niños estaban dormidos, la cruel madrastra dijo al leñador:
-No hay bastante comida para todos: mañana llevaremos a los niños a la parte más espesa del bosque y los dejaremos allí. Ellos no podrán encontrar el camino a casa y así nos desprenderemos de esa carga.
Al principio, el padre se opuso rotundamente a tener en cuenta la cruel idea de la malvada mujer.
-¿Cómo vamos a abandonar a mis hijos a la suerte de Dios, quizás sean atacados por los animales del bosque? -gritó enojado.
-De cualquier manera, así moriremos todos de hambre -dijo la madrastra y no descansó hasta convencerlo al débil hombre, de llevar adelante el malévolo plan que se había trazado.
Mientras tanto los niños, que en realidad no estaban dormidos, escucharon toda la conversación. Gretel lloraba amargamente, pero Hansel la consolaba.
-No llores, querida hermanita-decía él-, yo tengo una idea para encontrar el camino de regreso a casa.
A la mañana siguiente, cuando salieron para el bosque, la madrastra les dio a cada uno de los niños un pedazo de pan.
-No deben comer este pan antes del almuerzo -les dijo-. Eso es todo lo que tendrán para el día.
El dominado y débil padre y la madrastra los acompañaron a adentrarse en el bosque. Cuando penetraron en la espesura, los niños se quedaron atrás, y Hansel, haciendo migas de su pan, las fue dejando caer con disimulo para tener señales que les permitieran luego regresar a casa.
Los padres los llevaron muy adentro del bosque y les dijeron:
-Quédense aquí hasta que vengamos a buscarlos.
Hansel y Gretel hicieron lo que sus padres habían ordenado, pues creyeron que cambiarían de opinión y volverían por ellos. Pero cuando se acercaba la noche y los niños vieron que sus padres no aparecían, trataron de encontrar el camino de regreso. Desgraciadamente, los pájaros se habían comido las migas que marcaban el camino. Toda la noche anduvieron por el bosque con mucho temor observando las miradas, observando el brillo de los ojos de las fieras, y a cada paso se perdían más en aquella espesura.
Al amanecer, casi muertos de miedo y de hambre, los niños vieron un pájaro blanco que volaba frente a ellos y que para animarlos a seguir adelante les aleteaba en señal amistosa. Siguiendo el vuelo de aquel pájaro encontraron una casita construida toda de panes, dulces, bombones y otras confituras muy sabrosas.
Los niños, con un apetito terrible, corrieron hasta la rara casita, pero antes de que pudieran dar un mordisco a los riquísimos dulces, una bruja los detuvo.
La casa estaba hecha para atraer a los niños y cuando estos se encontraban en su poder, la bruja los mataba y los cocinaba para comérselos.
Como Hansel estaba muy delgadito, la bruja lo encerró en una jaula y allí lo alimentaba con ricos y sustanciosos manjares para engordarlo. Mientras tanto, Gretel tenía que hacer los trabajos más pesados y sólo tenía cáscaras de cangrejos para comer.
Un día, la bruja decidió que Hansel estaba ya listo para ser comido y ordenó a Gretel que preparara una enorme cacerola de agua para cocinarlo.
-Primero -dijo la bruja-, vamos a ver el horno que yo prendí para hacer pan. Entra tú primero, Gretel, y fíjate si está bien caliente como para hornear.
En realidad la bruja pensaba cerrar la puerta del horno una vez que Gretel estuviera dentro para cocinarla a ella también. Pero Gretel hizo como que no entendía lo que la bruja decía.
-Yo no sé. ¿Cómo entro? -preguntó Gretel.
-Tonta-dijo la bruja,- mira cómo se hace -y la bruja metió la cabeza dentro del horno. Rápidamente Gretel la empujó dentro del horno y cerró la puerta.
Gretel puso en libertad a Hansel. Antes de irse, los dos niños se llenaron los bolsillos de perlas y piedras preciosas del tesoro de la bruja.
Los niños huyeron del bosque hasta llegar a orillas de un inmenso lago que parecía imposible de atravesar. Por fin, un hermoso cisne blanco compadeciéndose de ellos, les ofreció pasarlos a la otra orilla. Con gran alegría los niños encontraron a su padre allí. Éste había sufrido mucho durante la ausencia de los niños y los había buscado por todas partes, e incluso les contó acerca de la muerte de la cruel madrastra.
Dejando caer los tesoros a los pies de su padre, los niños se arrojaron en sus brazos. Así juntos olvidaron todos los malos momentos que habían pasado y supieron que lo más importante en la vida es estar junto a los seres a quienes se ama, y siguieron viviendo felices y ricos para siempre.
Por: Jacob y Wilhelm Grimm
Hansel y Gretel vivían con su padre, un pobre leñador, y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Vivían con muchísima escasez, y como ya no les alcanzaba para poder comer los cuatro, deberían plantearse el problema y tratar de darle una buena solución.
Una noche, creyendo que los niños estaban dormidos, la cruel madrastra dijo al leñador:
-No hay bastante comida para todos: mañana llevaremos a los niños a la parte más espesa del bosque y los dejaremos allí. Ellos no podrán encontrar el camino a casa y así nos desprenderemos de esa carga.
Al principio, el padre se opuso rotundamente a tener en cuenta la cruel idea de la malvada mujer.
-¿Cómo vamos a abandonar a mis hijos a la suerte de Dios, quizás sean atacados por los animales del bosque? -gritó enojado.
-De cualquier manera, así moriremos todos de hambre -dijo la madrastra y no descansó hasta convencerlo al débil hombre, de llevar adelante el malévolo plan que se había trazado.
Mientras tanto los niños, que en realidad no estaban dormidos, escucharon toda la conversación. Gretel lloraba amargamente, pero Hansel la consolaba.
-No llores, querida hermanita-decía él-, yo tengo una idea para encontrar el camino de regreso a casa.
A la mañana siguiente, cuando salieron para el bosque, la madrastra les dio a cada uno de los niños un pedazo de pan.
-No deben comer este pan antes del almuerzo -les dijo-. Eso es todo lo que tendrán para el día.
El dominado y débil padre y la madrastra los acompañaron a adentrarse en el bosque. Cuando penetraron en la espesura, los niños se quedaron atrás, y Hansel, haciendo migas de su pan, las fue dejando caer con disimulo para tener señales que les permitieran luego regresar a casa.
Los padres los llevaron muy adentro del bosque y les dijeron:
-Quédense aquí hasta que vengamos a buscarlos.
Hansel y Gretel hicieron lo que sus padres habían ordenado, pues creyeron que cambiarían de opinión y volverían por ellos. Pero cuando se acercaba la noche y los niños vieron que sus padres no aparecían, trataron de encontrar el camino de regreso. Desgraciadamente, los pájaros se habían comido las migas que marcaban el camino. Toda la noche anduvieron por el bosque con mucho temor observando las miradas, observando el brillo de los ojos de las fieras, y a cada paso se perdían más en aquella espesura.
Al amanecer, casi muertos de miedo y de hambre, los niños vieron un pájaro blanco que volaba frente a ellos y que para animarlos a seguir adelante les aleteaba en señal amistosa. Siguiendo el vuelo de aquel pájaro encontraron una casita construida toda de panes, dulces, bombones y otras confituras muy sabrosas.
Los niños, con un apetito terrible, corrieron hasta la rara casita, pero antes de que pudieran dar un mordisco a los riquísimos dulces, una bruja los detuvo.
La casa estaba hecha para atraer a los niños y cuando estos se encontraban en su poder, la bruja los mataba y los cocinaba para comérselos.
Como Hansel estaba muy delgadito, la bruja lo encerró en una jaula y allí lo alimentaba con ricos y sustanciosos manjares para engordarlo. Mientras tanto, Gretel tenía que hacer los trabajos más pesados y sólo tenía cáscaras de cangrejos para comer.
Un día, la bruja decidió que Hansel estaba ya listo para ser comido y ordenó a Gretel que preparara una enorme cacerola de agua para cocinarlo.
-Primero -dijo la bruja-, vamos a ver el horno que yo prendí para hacer pan. Entra tú primero, Gretel, y fíjate si está bien caliente como para hornear.
En realidad la bruja pensaba cerrar la puerta del horno una vez que Gretel estuviera dentro para cocinarla a ella también. Pero Gretel hizo como que no entendía lo que la bruja decía.
-Yo no sé. ¿Cómo entro? -preguntó Gretel.
-Tonta-dijo la bruja,- mira cómo se hace -y la bruja metió la cabeza dentro del horno. Rápidamente Gretel la empujó dentro del horno y cerró la puerta.
Gretel puso en libertad a Hansel. Antes de irse, los dos niños se llenaron los bolsillos de perlas y piedras preciosas del tesoro de la bruja.
Los niños huyeron del bosque hasta llegar a orillas de un inmenso lago que parecía imposible de atravesar. Por fin, un hermoso cisne blanco compadeciéndose de ellos, les ofreció pasarlos a la otra orilla. Con gran alegría los niños encontraron a su padre allí. Éste había sufrido mucho durante la ausencia de los niños y los había buscado por todas partes, e incluso les contó acerca de la muerte de la cruel madrastra.
Dejando caer los tesoros a los pies de su padre, los niños se arrojaron en sus brazos. Así juntos olvidaron todos los malos momentos que habían pasado y supieron que lo más importante en la vida es estar junto a los seres a quienes se ama, y siguieron viviendo felices y ricos para siempre.
LA AGUJA DE ZURCIR
LA AGUJA DE ZURCIR
Por: Hans Christian Andersen
Erase una vez una aguja de zurcir tan fina y puntiaguda, que se creía ser una aguja de coser. — Fijaos en lo que hacéis y manejadme con cuidado - decía a los dedos que la manejaban -. No me dejéis caer, que si voy al suelo, las pasaréis negras para encontrarme. ¡Soy tan fina! — ¡Vamos, vamos, que no hay para tanto! - dijeron los dedos sujetándola por el cuerpo. — Mirad, aquí llego yo con mi séquito - prosiguió la aguja, arrastrando tras sí una larga hebra, pero sin nudo.
Los dedos apuntaron la aguja a la zapatilla de la cocinera; el cuero de la parte superior había reventado y se disponían a coserlo.
— ¡Qué trabajo más ordinario! - exclamó la aguja -. No es para mí.
¡Me rompo, me rompo! - y se rompió -.
¿No os lo dije? - suspiró la víctima —.
¡Soy demasiado fina! — Ya no sirve para nada - pensaron los dedos; pero hubieron de seguir sujetándola, mientras la cocinera le aplicaba una gota de lacre y luego era clavada en la pechera de la blusa.
— ¡Toma! ¡Ahora soy un prendedor! - dijo la vanidosa -. Bien sabía yo que con el tiempo haría carrera. Cuando una vale, un día u otro se lo reconocen -. Y se río para sus adentros, pues por fuera es muy difícil ver cuándo se ríe una aguja de zurcir. Y se quedó allí tan orgullosa cómo si fuese en coche, y paseaba la mirada a su alrededor.
— ¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle, con el debido respeto, si acaso es usted de oro? - inquirió el alfiler, vecino suyo -. Tiene usted un porte majestuoso, y cabeza propia, aunque pequeña. Debe procurar crecer, pues no siempre se pueden poner gotas de lacre en el cabo.
Al oír esto, la aguja se irguió con tanto orgullo, que se soltó de la tela y cayó en el vertedero, en el que la cocinera estaba lavando.
— Ahora me voy de viaje - dijo la aguja -. ¡Con tal que no me pierda! -. Pero es el caso que se perdió.
«Este mundo no está hecho para mí - pensó, ya en el arroyo de la calle -. Soy demasiado fina. Pero tengo conciencia de mi valer, y esto siempre es una pequeña satisfacción». Y mantuvo su actitud, sin perder el buen humor.
Por encima de ella pasaban flotando toda clase de objetos: virutas, pajas y pedazos de periódico.
«¡Cómo navegan! - decía la aguja -. ¡Poco se imaginan lo que hay en el fondo!. Yo estoy en el fondo y aquí sigo clavada.
¡Toma!, ahora pasa una viruta que no piensa en nada del mundo como no sea en una "viruta", o sea, en ella misma; y ahora viene una paja: ¡qué manera de revolcarse y de girar! No pienses tanto en ti, que darás contra una piedra. ¡Y ahora un trozo de periódico! Nadie se acuerda de lo que pone, y, no obstante, ¡cómo se ahueca! Yo, en cambio, me estoy aquí paciente y quieta; sé lo que soy y seguiré siéndolo...».
Un día fue a parar a su lado un objeto que brillaba tanto, que la aguja pensó que tal vez sería un diamante; pero en realidad era un casco de botella. Y como brillaba, la aguja se dirigió a él, presentándose como alfiler de pecho.
— ¿Usted debe ser un diamante, verdad? — Bueno... sí, algo por el estilo. Y los dos quedaron convencidos de que eran joyas excepcionales, y se enzarzaron en una conversación acerca de lo presuntuosa que es la gente.
— ¿Sabes? Yo viví en el estuche de una señorita - dijo la aguja de zurcir -; era cocinera; tenía cinco dedos en cada mano, pero nunca he visto nada tan engreído como aquellos cinco dedos; y, sin embargo, toda su misión consistía en sostenerme, sacarme del estuche y volverme a meter en él. — ¿Brillaban acaso? - preguntó el casco de botella.
— ¿Brillar? - exclamó la aguja -. No; pero a orgullosos nadie los ganaba. Eran cinco hermanos, todos dedos de nacimiento. Iban siempre juntos, la mar de tiesos uno al lado del otro, a pesar de que ninguno era de la misma longitud. El de más afuera, se llamaba «Pulgar», era corto y gordo, estaba separado de la mano, y como sólo tenía una articulación en el dorso, sólo podía hacer una inclinación; pero afirmaba que si a un hombre se lo cortaban, quedaba inútil para el servicio militar. Luego venía el «Lameollas», que se metía en lo dulce y en lo amargo, señalaba el sol y la luna y era el que apretaba la pluma cuando escribían. El «Larguirucho» se miraba a los demás desde lo alto; el «Borde dorado» se paseaba con un aro de oro alrededor del cuerpo, y el menudo «Meñique» no hacía nada, de lo cual estaba muy ufano. Todo era jactarse y vanagloriarse. Por eso fui yo a dar en el vertedero.
— Ahora estamos aquí, brillando - dijo el casco de botella. En el mismo momento llegó más agua al arroyo, lo desbordó y se llevó el casco.
— ¡Vamos! A éste lo han despachado - dijo la aguja -. Yo me quedo, soy demasiado fina, pero esto es mi orgullo, y vale la pena -. Y permaneció altiva, sumida en sus pensamientos. — De tan fina que soy, casi creería que nací de un rayo de sol. Tengo la impresión de que el sol me busca siempre debajo del agua. Soy tan sutil, que ni mi padre me encuentra. Si no se me hubiese roto el ojo, creo que lloraría; pero no, no es distinguido llorar.
Un día se presentaron varios pilluelos y se pusieron a rebuscar en el arroyo, en pos de clavos viejos, perras chicas y otras cosas por el estilo. Era una ocupación muy sucia, pero ellos se divertían de lo lindo.
— ¡Ay! - exclamó uno; se había pinchado con la aguja de zurcir -. ¡Esta marrana!
— ¡Yo no soy ninguna marrana, sino una señorita! - protestó la aguja; pero nadie la oyó.
El lacre se había desprendido, y el metal estaba ennegrecido; pero el negro hace más esbelto, por lo que la aguja se creyó aún más fina que antes.
— ¡Ahí viene flotando una cáscara de huevo! - gritaron los chiquillos, y clavaron en ella la aguja.
— Negra sobre fondo blanco - observó ésta -. ¡Qué bien me sienta! Soy bien visible. ¡Con tal que no me maree, ni vomite! -. Pero no se mareó ni vomitó. — Es una gran cosa contra el mareo tener estómago de acero. En esto sí que estoy por encima del vulgo. Me siento como si nada. Cuánto más fina es una, más resiste.
— ¡Crac! - exclamó la cáscara, al sentirse aplastada por la rueda de un carro.
— ¡Uf, cómo pesa! - añadió la aguja -. Ahora sí que me mareo. ¡Me rompo, me rompo! -. Pero no se rompió, pese a haber sido atropellada por un carro. Quedó en el suelo, y, lo que es por mí, puede seguir allí muchos años.
Por: Hans Christian Andersen
Erase una vez una aguja de zurcir tan fina y puntiaguda, que se creía ser una aguja de coser. — Fijaos en lo que hacéis y manejadme con cuidado - decía a los dedos que la manejaban -. No me dejéis caer, que si voy al suelo, las pasaréis negras para encontrarme. ¡Soy tan fina! — ¡Vamos, vamos, que no hay para tanto! - dijeron los dedos sujetándola por el cuerpo. — Mirad, aquí llego yo con mi séquito - prosiguió la aguja, arrastrando tras sí una larga hebra, pero sin nudo.
Los dedos apuntaron la aguja a la zapatilla de la cocinera; el cuero de la parte superior había reventado y se disponían a coserlo.
— ¡Qué trabajo más ordinario! - exclamó la aguja -. No es para mí.
¡Me rompo, me rompo! - y se rompió -.
¿No os lo dije? - suspiró la víctima —.
¡Soy demasiado fina! — Ya no sirve para nada - pensaron los dedos; pero hubieron de seguir sujetándola, mientras la cocinera le aplicaba una gota de lacre y luego era clavada en la pechera de la blusa.
— ¡Toma! ¡Ahora soy un prendedor! - dijo la vanidosa -. Bien sabía yo que con el tiempo haría carrera. Cuando una vale, un día u otro se lo reconocen -. Y se río para sus adentros, pues por fuera es muy difícil ver cuándo se ríe una aguja de zurcir. Y se quedó allí tan orgullosa cómo si fuese en coche, y paseaba la mirada a su alrededor.
— ¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle, con el debido respeto, si acaso es usted de oro? - inquirió el alfiler, vecino suyo -. Tiene usted un porte majestuoso, y cabeza propia, aunque pequeña. Debe procurar crecer, pues no siempre se pueden poner gotas de lacre en el cabo.
Al oír esto, la aguja se irguió con tanto orgullo, que se soltó de la tela y cayó en el vertedero, en el que la cocinera estaba lavando.
— Ahora me voy de viaje - dijo la aguja -. ¡Con tal que no me pierda! -. Pero es el caso que se perdió.
«Este mundo no está hecho para mí - pensó, ya en el arroyo de la calle -. Soy demasiado fina. Pero tengo conciencia de mi valer, y esto siempre es una pequeña satisfacción». Y mantuvo su actitud, sin perder el buen humor.
Por encima de ella pasaban flotando toda clase de objetos: virutas, pajas y pedazos de periódico.
«¡Cómo navegan! - decía la aguja -. ¡Poco se imaginan lo que hay en el fondo!. Yo estoy en el fondo y aquí sigo clavada.
¡Toma!, ahora pasa una viruta que no piensa en nada del mundo como no sea en una "viruta", o sea, en ella misma; y ahora viene una paja: ¡qué manera de revolcarse y de girar! No pienses tanto en ti, que darás contra una piedra. ¡Y ahora un trozo de periódico! Nadie se acuerda de lo que pone, y, no obstante, ¡cómo se ahueca! Yo, en cambio, me estoy aquí paciente y quieta; sé lo que soy y seguiré siéndolo...».
Un día fue a parar a su lado un objeto que brillaba tanto, que la aguja pensó que tal vez sería un diamante; pero en realidad era un casco de botella. Y como brillaba, la aguja se dirigió a él, presentándose como alfiler de pecho.
— ¿Usted debe ser un diamante, verdad? — Bueno... sí, algo por el estilo. Y los dos quedaron convencidos de que eran joyas excepcionales, y se enzarzaron en una conversación acerca de lo presuntuosa que es la gente.
— ¿Sabes? Yo viví en el estuche de una señorita - dijo la aguja de zurcir -; era cocinera; tenía cinco dedos en cada mano, pero nunca he visto nada tan engreído como aquellos cinco dedos; y, sin embargo, toda su misión consistía en sostenerme, sacarme del estuche y volverme a meter en él. — ¿Brillaban acaso? - preguntó el casco de botella.
— ¿Brillar? - exclamó la aguja -. No; pero a orgullosos nadie los ganaba. Eran cinco hermanos, todos dedos de nacimiento. Iban siempre juntos, la mar de tiesos uno al lado del otro, a pesar de que ninguno era de la misma longitud. El de más afuera, se llamaba «Pulgar», era corto y gordo, estaba separado de la mano, y como sólo tenía una articulación en el dorso, sólo podía hacer una inclinación; pero afirmaba que si a un hombre se lo cortaban, quedaba inútil para el servicio militar. Luego venía el «Lameollas», que se metía en lo dulce y en lo amargo, señalaba el sol y la luna y era el que apretaba la pluma cuando escribían. El «Larguirucho» se miraba a los demás desde lo alto; el «Borde dorado» se paseaba con un aro de oro alrededor del cuerpo, y el menudo «Meñique» no hacía nada, de lo cual estaba muy ufano. Todo era jactarse y vanagloriarse. Por eso fui yo a dar en el vertedero.
— Ahora estamos aquí, brillando - dijo el casco de botella. En el mismo momento llegó más agua al arroyo, lo desbordó y se llevó el casco.
— ¡Vamos! A éste lo han despachado - dijo la aguja -. Yo me quedo, soy demasiado fina, pero esto es mi orgullo, y vale la pena -. Y permaneció altiva, sumida en sus pensamientos. — De tan fina que soy, casi creería que nací de un rayo de sol. Tengo la impresión de que el sol me busca siempre debajo del agua. Soy tan sutil, que ni mi padre me encuentra. Si no se me hubiese roto el ojo, creo que lloraría; pero no, no es distinguido llorar.
Un día se presentaron varios pilluelos y se pusieron a rebuscar en el arroyo, en pos de clavos viejos, perras chicas y otras cosas por el estilo. Era una ocupación muy sucia, pero ellos se divertían de lo lindo.
— ¡Ay! - exclamó uno; se había pinchado con la aguja de zurcir -. ¡Esta marrana!
— ¡Yo no soy ninguna marrana, sino una señorita! - protestó la aguja; pero nadie la oyó.
El lacre se había desprendido, y el metal estaba ennegrecido; pero el negro hace más esbelto, por lo que la aguja se creyó aún más fina que antes.
— ¡Ahí viene flotando una cáscara de huevo! - gritaron los chiquillos, y clavaron en ella la aguja.
— Negra sobre fondo blanco - observó ésta -. ¡Qué bien me sienta! Soy bien visible. ¡Con tal que no me maree, ni vomite! -. Pero no se mareó ni vomitó. — Es una gran cosa contra el mareo tener estómago de acero. En esto sí que estoy por encima del vulgo. Me siento como si nada. Cuánto más fina es una, más resiste.
— ¡Crac! - exclamó la cáscara, al sentirse aplastada por la rueda de un carro.
— ¡Uf, cómo pesa! - añadió la aguja -. Ahora sí que me mareo. ¡Me rompo, me rompo! -. Pero no se rompió, pese a haber sido atropellada por un carro. Quedó en el suelo, y, lo que es por mí, puede seguir allí muchos años.
"PINOCHO"
"PINOCHO"
Por: Carlo Collodi (Carlo Lorenzini)
El pequeño Juan Grillo caminaba a paso ligero por el campo, cuando lo sorprendió la noche. Un poco atemorizado, buscó con la mirada un sitio abrigado donde pasar la noche, y con gran alegría vio, no lejos del lugar donde estaba, una linda casita en cuya ventana se veía luz. Se acercó rápidamente, y sin hacer ruido se coló por una rendija. Se halló así en una agradable habitación, y ante un curioso espectáculo.
Un viejecito alegre y simpático trabajaba con entusiasmo una madera que, poco a poco, iba tomando la forma de un muñeco. Al cabo de un rato, luego de hacer algunos cortes y retoques el buen viejo, que se llamaba Gepetto, tuvo entre sus manos un lindo muñeco de ojitos vivaces y alegres; pero con una nariz muy larga, que le daba un cómico aspecto. — Eres un chico muy simpático- dijo Gepetto-. Te llamaré Pinocho, que es un bonito nombre para ti, y que sin duda te hará feliz.
Y muy satisfecho con su obra, y un poco cansado por el trabajo Gepetto dio las buenas noches a Pinocho y se retiró a dormir. El Grillo se disponía a hacer lo mismo, cuando de pronto vio que una luz azul iluminaba la pieza. Se volvió rápidamente, y vio entrar por la ventana a una hermosa hada: el Hada Azul, la amiga de los niños. El Hada Azul se acercó a la mesa donde Pinocho había quedado tieso y erguido tal cual lo dejó su padre, y lo tocó con su varita mágica. — Ahora podrás hablar y caminar- le dijo- y si eres bueno, algún día te convertirás en un niño verdadero. Y después de decir esto, desapareció.
Pinocho dio un salto en su mesa y lanzó un grito de alegría. Juan Grillo lo miraba asombrado, sin convencerse de lo que veía. Pinocho, al verle, lo saludó alegremente: poco después, al cabo de un rato de charla, y aun cuando Pinocho era un tanto impertinente, se habían hecho grandes amigos.
Al día siguiente, el buen Gepetto casi se muere de alegría al ver a su muñeco convertido en un ser animado, Desde ese momento, lo consideró como un hijo, y decidió mandarlo a la escuela. Compró libros, lápices y cuadernos, y un buen día partió Pinocho, aunque sin mucha gana, camino de la escuela. Y sucedió que en el camino encontró a un Gato ciego y a una Zorra renga que pedían limosna, y se puso a conversar con ellos. El Gato y la Zorra eran dos pillos que fingían sus desgracias par engañar a la gente; y al cabo de un rato, habían convencido a Pinocho de que eso de ir a la escuela era una tontería. — Mira, bobo - dijeron- , es mucho más divertido el teatro de títeres que funciona no lejos de aquí. Vete allí, que de todos modos tu padre no se enterará, y tu lo vas a pasar bien.
Pinocho se tentó; y reflexionando que, realmente, el colegio debía ser algo muy aburrido, se fue resuelto al teatrillo. Por cierto que lo pasó muy bien. Tanto le gustó, que subió al tablado, se mezcló con los títeres y divirtió a todo el mundo. Pero al cabo de un rato, ya cansado, pensó en volver a su casa. Y entonces ocurrió que el dueño del teatro no le permitió que se retirara. ¿Qué había pasado? Pues que los dos pillos, el Gato y la Zorra, habían vendido a Pinocho al dueño del teatro, como un muñeco más. — He pagado por ti -decía furioso el dueño- y no permitiré que te vayas. ¿Pretendes burlarte de mí?
Pinocho, desesperado, se puso a llorar, ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba muy arrepentido de lo que había hecho, sobre todo cuando pensaba en su papá, y cada vez lloraba con más fuerza. Por fin, tantas lágrimas conmovieron al dueño dl teatro, que consintió en que se fuera; y no sólo eso, sino que, enterado de la historia de Pinocho, le dio cinco monedas de oro y un buen consejo. — Llévalas a tu padre -dijo- y no dejes de obedecerle nunca. Pinocho secó sus lágrimas y partió alegre y feliz, de regreso al hogar. Pero, ¡pobre muñeco! Volvió a tropezar nuevamente con el gato y la Zorra, que, saludándolo muy amablemente, le preguntaron adónde iba. — Voy a casa de mi padre -dijo- a llevarle estas cinco monedas de ora que me ha dado el titiritero.
El Gato y la Zorra se miraron con picardía. — ¿Y con sólo cinco monedas estás tan contento? -dijeron-. Pues nosotros podemos conseguir todas las que queremos. Pinocho abrió los ojos como platos. ¿Era verdad aquello? Y, entre asombrado y curioso, quiso saber cómo era eso. Entonces, entre risas y guiños disimulados, el Gato y la Zorra le dijeron que en el País de los Búhos existía un lugar donde se podían sembrar centavos y brotaban árboles de relucientes monedas de oro.
Claro que para llegar hasta allí era necesario caminar mucho, mucho tiempo, y sobre todo, no volver para nada a casa de papá. Pinocho, enloquecido al pensar que tendría mucho más dinero si sembraba las cinco monedas que le diera el titiritero, no dudó ya. Ilusionado y feliz, dio las gracias a los dos pillos, se despidió de ellos y partió para su largo viaje al País de los Búhos. -A mi regreso -pensó- traeré los bolsillos llenos y mi padre me abrazará satisfecho. Sentirá tanta alegría entonces, que no será difícil que me perdone mi escapada.
Caminó, pues, Pinocho en la dirección que le habían dado, y al cabo de mucho tiempo llegó al País de los Búhos. Buscó entonces un lugar que le pareció adecuado, hizo un hoyo en la tierra y plantó las cinco monedas. Volvió a cubrir el hoyo, regó la tierra, y muy satisfecho se retiró a dormir porque ya era muy tarde. Al día siguiente volvió presuroso al lugar. No había allí ningún árbol con monedas; nada más que los mismos árboles comunes que viera el día anterior.
Entonces, un poco asustado, comenzó a remover la tierra, buscando sus cinco monedas; no las halló tampoco. Y en esto estaba, cuando de pronto sintió, desde lo alto de un árbol, una estridente carcajada. Levantó los ojos y vio que, sentado en la rama de un árbol, un papagayo de brillantes colores lo miraba burlonamente y se reía a más y mejor. — ¿Por qué te ríes? -preguntó Pinocho, que se sentía muy afligido. — Me río de los tontos -dijo el papagayo- que creen que sembrando centavos brotarán árboles de monedas. — ¿Y acaso no es eso verdad? -preguntó Pinocho. — Mira -respondió el papagayo-, la única verdad es que tú siembras las monedas, y cuando te vas, vienen dos pillos y te las roban. Eso se llama engañar a los bobos.
lo comprendió todo al fin; lloró desconsoladamente, y como siempre cuando se sentía desdichado, pensó en su padre y deseó volver a su lado. Emprendió, pues, el camino de regreso a su hogar, y poco más adelante, tuvo la feliz sorpresa de sentir a su lado al buen Juan Grillo, que no lo abandonaba nunca en los momentos difíciles.
Llevaban ya mucho tiempo de andar por el sendero que conducía a su casa, cuando sintieron de pronto un alegre tintineo de campanillas. Pinocho se volvió, y vio venir hacia él un enorme coche, algo así como una diligencia, tirada por burros y cargada de niños que reían y charlaban. Se detuvo Pinocho, y cuando estuvieron junto a él, el cochero le invitó a subir. — ¿Adónde van? -preguntó Pinocho. — Vamos al País de los Juguetes -respondió el nombre, que tenía cara de pocos amigos-. Allá los niños se pasan el día jugando, sin pensar en ir a la escuela, ni hacer los deberes. ¿Quieres venir con nosotros? Pinocho, sin pensarlo más, aceptó; y a pesar del mal aspecto del cochero, subió al coche y partió con la alegre caravana. Tras él subió también Juan Grillo, el fiel amigo que lo seguía en sus aventuras.
Después de mucho andar, llegaron por fin al delicioso País de los Juguetes. Bajaron todos los niños del coche y fueron acomodándose en las casitas que se levantaban en el país. ¡Se sentían todos tan felices! Era una alegría no acordarse de maestros, ni de escuelas, ni deberes, ni de todas esas cosas tan aburridas. Y en cuanto a Pinocho, por supuesto, ya ni se acordaba de su papá. Siempre le sucedía lo mismo cuando se sentía feliz.
Entre todos aquellos niños de carne y hueso, encontró nuestro muñeco un amigo, con quien jugaba y paseaba los días enteros. Y ocurrió que un día en que Pinocho fue a buscarle a su casa, su amigo se negó a salir. Pinocho no volvía de su asombro. El niño tenía puesto el sombrero, pero no quería acompañarlo.
Tanto insistió Pinocho, que al cabo su compañero, con la cara enrojecida de vergüenza, le confesó la verdad: quitóse el gorro, y Pinocho, con los ojos abiertos como platos, vio que a su amigo le habían crecido las orejas como las de un burro. Asustado, quiso echar a correr, pero no tenía fuerzas. Y de pronto, aumentó su temor: pensó que también a él podía pasarle lo mismo. Se acercó temblando a un espejo, y rojo de vergüenza, vio allí reflejado su rostro con dos enormes orejas puntiagudas, y no era eso solo; había algo peor todavía. Además de las orejas de burro, una larga cola salía por los pantalones de los dos niños.
¡Cómo lloró Pinocho! ¡Y cómo suplicó a Juan Grillo, el fiel amigo, que lo sacara de allí! Quería volver junto a su padre, ir a la escuela, y no ser nunca un burro de feas orejas. Juan Grillo, le ayudó como siempre, y un día feliz huyeron los dos de aquel país en busca de Gepetto. Después de muchos días de viaje, llegaron por fin a la linda casita del buen viejo.
Pinocho bailaba de contento, y el corazón le saltaba alegremente en el pecho, tanta era su emoción. Pero no habían terminado sus desdichas. En lugar de Gepetto, hallaron allí una carta suya explicando que había salido al mar en busca de Pinocho, y que lo había devorado una ballena. Otra vez corrieron abundantes lágrimas por las mejillas de madera de Pinocho, y otra vez rogó a Juan Grillo que lo acompañara a buscar a su papá.
Se fueron, pues, caminando hasta la orilla del mar, y allí tomaron una pequeña barca. Las olas los sacudían a veces con fuerza, pero Pinocho sólo pensaba ahora en su padre y no sentía temor alguno. De pronto, allá muy lejos, vieron en medio del mar una forma oscura que parecía una isla. — ¡Mira, Grillo! -gritó Pinocho- ¡Esa es la ballena!
Así era, en efecto. Se acercaron lentamente, y cuando llegaron pudieron ver con gran alegría que la ballena estaba profundamente dormida y con la boca abierta. Aquella enorme boca parecía una verdadera cueva; Pinocho, decidido, saltó de la barca y se metió por ella. Juan Grillo le siguió. Empezaron así a recorrer el largo túnel del interior de la ballena, que cada vez se hacía más oscuro. Pinocho tocaba las paredes para guiarse, y llamaba a su papá. Pero nadie le contestaba. Por fin, de pronto, lanzó un grito de alegría. Había visto una pequeña lucecita. — Grillo, aquella lámpara debe ser la de papá -dijo.
Así era. Gepetto, sentado frente a una mesa, escribía a la luz de la lámpara. Pinocho se lanzó corriendo hacia él y le tendió los brazos. ¡Con cuánta emoción lo abrazó Gepetto, y cómo lloraron los dos con alegría al verse! Pero no había que perder tiempo. Era preciso salir antes que la ballena despertase. Con muchas precauciones salieron los tres por donde habían entrado y volvieron a la barca. La enorme ballena siguió durmiendo tranquilamente.
Cuando por fin estuvieron otra vez reunidos en la tranquila casita, Pinocho contó a su padre todo cuanto le había sucedido desde que se separara de él, y le suplicó que lo perdonara. Gepetto quería tanto a su muñeco, que no le costó ningún trabajo perdonarlo, sobre todo porque advirtió que Pinocho estaba sinceramente afligido por todo lo que había hecho. -No me iré nunca de tu lado, papá querido- aseguraba el muñeco- y te prometo que voy a ir a la escuela.
Y así estaban, felices y contentos, cuando otra vez como en la noche que nació Pinocho, iluminó la salita una viva luz azul, y apareció el Hada. Se acercó suavemente, y dijo: — Pinocho, a pesar de ser muy travieso, tienes buenos sentimientos. Quieres mucho a tu padre, y estás muy arrepentido de haberlo afligido tanto. Estoy segura de que poco a poco te irás corrigiendo. Y para premiarte por todo el cariño que sientes por tu buen papá, he de convertirte en un niño verdadero de carne y hueso; y espero que llegarás a ser un hombre de provecho.
Al decir esto, lo tocó con su varita mágica, y desapareció. De este modo, el simpático muñeco de madera, el de la larga nariz, quedó convertido en un niño verdadero. Y fue un hijo excelente para Gepetto.
Por: Carlo Collodi (Carlo Lorenzini)
El pequeño Juan Grillo caminaba a paso ligero por el campo, cuando lo sorprendió la noche. Un poco atemorizado, buscó con la mirada un sitio abrigado donde pasar la noche, y con gran alegría vio, no lejos del lugar donde estaba, una linda casita en cuya ventana se veía luz. Se acercó rápidamente, y sin hacer ruido se coló por una rendija. Se halló así en una agradable habitación, y ante un curioso espectáculo.
Un viejecito alegre y simpático trabajaba con entusiasmo una madera que, poco a poco, iba tomando la forma de un muñeco. Al cabo de un rato, luego de hacer algunos cortes y retoques el buen viejo, que se llamaba Gepetto, tuvo entre sus manos un lindo muñeco de ojitos vivaces y alegres; pero con una nariz muy larga, que le daba un cómico aspecto. — Eres un chico muy simpático- dijo Gepetto-. Te llamaré Pinocho, que es un bonito nombre para ti, y que sin duda te hará feliz.
Y muy satisfecho con su obra, y un poco cansado por el trabajo Gepetto dio las buenas noches a Pinocho y se retiró a dormir. El Grillo se disponía a hacer lo mismo, cuando de pronto vio que una luz azul iluminaba la pieza. Se volvió rápidamente, y vio entrar por la ventana a una hermosa hada: el Hada Azul, la amiga de los niños. El Hada Azul se acercó a la mesa donde Pinocho había quedado tieso y erguido tal cual lo dejó su padre, y lo tocó con su varita mágica. — Ahora podrás hablar y caminar- le dijo- y si eres bueno, algún día te convertirás en un niño verdadero. Y después de decir esto, desapareció.
Pinocho dio un salto en su mesa y lanzó un grito de alegría. Juan Grillo lo miraba asombrado, sin convencerse de lo que veía. Pinocho, al verle, lo saludó alegremente: poco después, al cabo de un rato de charla, y aun cuando Pinocho era un tanto impertinente, se habían hecho grandes amigos.
Al día siguiente, el buen Gepetto casi se muere de alegría al ver a su muñeco convertido en un ser animado, Desde ese momento, lo consideró como un hijo, y decidió mandarlo a la escuela. Compró libros, lápices y cuadernos, y un buen día partió Pinocho, aunque sin mucha gana, camino de la escuela. Y sucedió que en el camino encontró a un Gato ciego y a una Zorra renga que pedían limosna, y se puso a conversar con ellos. El Gato y la Zorra eran dos pillos que fingían sus desgracias par engañar a la gente; y al cabo de un rato, habían convencido a Pinocho de que eso de ir a la escuela era una tontería. — Mira, bobo - dijeron- , es mucho más divertido el teatro de títeres que funciona no lejos de aquí. Vete allí, que de todos modos tu padre no se enterará, y tu lo vas a pasar bien.
Pinocho se tentó; y reflexionando que, realmente, el colegio debía ser algo muy aburrido, se fue resuelto al teatrillo. Por cierto que lo pasó muy bien. Tanto le gustó, que subió al tablado, se mezcló con los títeres y divirtió a todo el mundo. Pero al cabo de un rato, ya cansado, pensó en volver a su casa. Y entonces ocurrió que el dueño del teatro no le permitió que se retirara. ¿Qué había pasado? Pues que los dos pillos, el Gato y la Zorra, habían vendido a Pinocho al dueño del teatro, como un muñeco más. — He pagado por ti -decía furioso el dueño- y no permitiré que te vayas. ¿Pretendes burlarte de mí?
Pinocho, desesperado, se puso a llorar, ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba muy arrepentido de lo que había hecho, sobre todo cuando pensaba en su papá, y cada vez lloraba con más fuerza. Por fin, tantas lágrimas conmovieron al dueño dl teatro, que consintió en que se fuera; y no sólo eso, sino que, enterado de la historia de Pinocho, le dio cinco monedas de oro y un buen consejo. — Llévalas a tu padre -dijo- y no dejes de obedecerle nunca. Pinocho secó sus lágrimas y partió alegre y feliz, de regreso al hogar. Pero, ¡pobre muñeco! Volvió a tropezar nuevamente con el gato y la Zorra, que, saludándolo muy amablemente, le preguntaron adónde iba. — Voy a casa de mi padre -dijo- a llevarle estas cinco monedas de ora que me ha dado el titiritero.
El Gato y la Zorra se miraron con picardía. — ¿Y con sólo cinco monedas estás tan contento? -dijeron-. Pues nosotros podemos conseguir todas las que queremos. Pinocho abrió los ojos como platos. ¿Era verdad aquello? Y, entre asombrado y curioso, quiso saber cómo era eso. Entonces, entre risas y guiños disimulados, el Gato y la Zorra le dijeron que en el País de los Búhos existía un lugar donde se podían sembrar centavos y brotaban árboles de relucientes monedas de oro.
Claro que para llegar hasta allí era necesario caminar mucho, mucho tiempo, y sobre todo, no volver para nada a casa de papá. Pinocho, enloquecido al pensar que tendría mucho más dinero si sembraba las cinco monedas que le diera el titiritero, no dudó ya. Ilusionado y feliz, dio las gracias a los dos pillos, se despidió de ellos y partió para su largo viaje al País de los Búhos. -A mi regreso -pensó- traeré los bolsillos llenos y mi padre me abrazará satisfecho. Sentirá tanta alegría entonces, que no será difícil que me perdone mi escapada.
Caminó, pues, Pinocho en la dirección que le habían dado, y al cabo de mucho tiempo llegó al País de los Búhos. Buscó entonces un lugar que le pareció adecuado, hizo un hoyo en la tierra y plantó las cinco monedas. Volvió a cubrir el hoyo, regó la tierra, y muy satisfecho se retiró a dormir porque ya era muy tarde. Al día siguiente volvió presuroso al lugar. No había allí ningún árbol con monedas; nada más que los mismos árboles comunes que viera el día anterior.
Entonces, un poco asustado, comenzó a remover la tierra, buscando sus cinco monedas; no las halló tampoco. Y en esto estaba, cuando de pronto sintió, desde lo alto de un árbol, una estridente carcajada. Levantó los ojos y vio que, sentado en la rama de un árbol, un papagayo de brillantes colores lo miraba burlonamente y se reía a más y mejor. — ¿Por qué te ríes? -preguntó Pinocho, que se sentía muy afligido. — Me río de los tontos -dijo el papagayo- que creen que sembrando centavos brotarán árboles de monedas. — ¿Y acaso no es eso verdad? -preguntó Pinocho. — Mira -respondió el papagayo-, la única verdad es que tú siembras las monedas, y cuando te vas, vienen dos pillos y te las roban. Eso se llama engañar a los bobos.
lo comprendió todo al fin; lloró desconsoladamente, y como siempre cuando se sentía desdichado, pensó en su padre y deseó volver a su lado. Emprendió, pues, el camino de regreso a su hogar, y poco más adelante, tuvo la feliz sorpresa de sentir a su lado al buen Juan Grillo, que no lo abandonaba nunca en los momentos difíciles.
Llevaban ya mucho tiempo de andar por el sendero que conducía a su casa, cuando sintieron de pronto un alegre tintineo de campanillas. Pinocho se volvió, y vio venir hacia él un enorme coche, algo así como una diligencia, tirada por burros y cargada de niños que reían y charlaban. Se detuvo Pinocho, y cuando estuvieron junto a él, el cochero le invitó a subir. — ¿Adónde van? -preguntó Pinocho. — Vamos al País de los Juguetes -respondió el nombre, que tenía cara de pocos amigos-. Allá los niños se pasan el día jugando, sin pensar en ir a la escuela, ni hacer los deberes. ¿Quieres venir con nosotros? Pinocho, sin pensarlo más, aceptó; y a pesar del mal aspecto del cochero, subió al coche y partió con la alegre caravana. Tras él subió también Juan Grillo, el fiel amigo que lo seguía en sus aventuras.
Después de mucho andar, llegaron por fin al delicioso País de los Juguetes. Bajaron todos los niños del coche y fueron acomodándose en las casitas que se levantaban en el país. ¡Se sentían todos tan felices! Era una alegría no acordarse de maestros, ni de escuelas, ni deberes, ni de todas esas cosas tan aburridas. Y en cuanto a Pinocho, por supuesto, ya ni se acordaba de su papá. Siempre le sucedía lo mismo cuando se sentía feliz.
Entre todos aquellos niños de carne y hueso, encontró nuestro muñeco un amigo, con quien jugaba y paseaba los días enteros. Y ocurrió que un día en que Pinocho fue a buscarle a su casa, su amigo se negó a salir. Pinocho no volvía de su asombro. El niño tenía puesto el sombrero, pero no quería acompañarlo.
Tanto insistió Pinocho, que al cabo su compañero, con la cara enrojecida de vergüenza, le confesó la verdad: quitóse el gorro, y Pinocho, con los ojos abiertos como platos, vio que a su amigo le habían crecido las orejas como las de un burro. Asustado, quiso echar a correr, pero no tenía fuerzas. Y de pronto, aumentó su temor: pensó que también a él podía pasarle lo mismo. Se acercó temblando a un espejo, y rojo de vergüenza, vio allí reflejado su rostro con dos enormes orejas puntiagudas, y no era eso solo; había algo peor todavía. Además de las orejas de burro, una larga cola salía por los pantalones de los dos niños.
¡Cómo lloró Pinocho! ¡Y cómo suplicó a Juan Grillo, el fiel amigo, que lo sacara de allí! Quería volver junto a su padre, ir a la escuela, y no ser nunca un burro de feas orejas. Juan Grillo, le ayudó como siempre, y un día feliz huyeron los dos de aquel país en busca de Gepetto. Después de muchos días de viaje, llegaron por fin a la linda casita del buen viejo.
Pinocho bailaba de contento, y el corazón le saltaba alegremente en el pecho, tanta era su emoción. Pero no habían terminado sus desdichas. En lugar de Gepetto, hallaron allí una carta suya explicando que había salido al mar en busca de Pinocho, y que lo había devorado una ballena. Otra vez corrieron abundantes lágrimas por las mejillas de madera de Pinocho, y otra vez rogó a Juan Grillo que lo acompañara a buscar a su papá.
Se fueron, pues, caminando hasta la orilla del mar, y allí tomaron una pequeña barca. Las olas los sacudían a veces con fuerza, pero Pinocho sólo pensaba ahora en su padre y no sentía temor alguno. De pronto, allá muy lejos, vieron en medio del mar una forma oscura que parecía una isla. — ¡Mira, Grillo! -gritó Pinocho- ¡Esa es la ballena!
Así era, en efecto. Se acercaron lentamente, y cuando llegaron pudieron ver con gran alegría que la ballena estaba profundamente dormida y con la boca abierta. Aquella enorme boca parecía una verdadera cueva; Pinocho, decidido, saltó de la barca y se metió por ella. Juan Grillo le siguió. Empezaron así a recorrer el largo túnel del interior de la ballena, que cada vez se hacía más oscuro. Pinocho tocaba las paredes para guiarse, y llamaba a su papá. Pero nadie le contestaba. Por fin, de pronto, lanzó un grito de alegría. Había visto una pequeña lucecita. — Grillo, aquella lámpara debe ser la de papá -dijo.
Así era. Gepetto, sentado frente a una mesa, escribía a la luz de la lámpara. Pinocho se lanzó corriendo hacia él y le tendió los brazos. ¡Con cuánta emoción lo abrazó Gepetto, y cómo lloraron los dos con alegría al verse! Pero no había que perder tiempo. Era preciso salir antes que la ballena despertase. Con muchas precauciones salieron los tres por donde habían entrado y volvieron a la barca. La enorme ballena siguió durmiendo tranquilamente.
Cuando por fin estuvieron otra vez reunidos en la tranquila casita, Pinocho contó a su padre todo cuanto le había sucedido desde que se separara de él, y le suplicó que lo perdonara. Gepetto quería tanto a su muñeco, que no le costó ningún trabajo perdonarlo, sobre todo porque advirtió que Pinocho estaba sinceramente afligido por todo lo que había hecho. -No me iré nunca de tu lado, papá querido- aseguraba el muñeco- y te prometo que voy a ir a la escuela.
Y así estaban, felices y contentos, cuando otra vez como en la noche que nació Pinocho, iluminó la salita una viva luz azul, y apareció el Hada. Se acercó suavemente, y dijo: — Pinocho, a pesar de ser muy travieso, tienes buenos sentimientos. Quieres mucho a tu padre, y estás muy arrepentido de haberlo afligido tanto. Estoy segura de que poco a poco te irás corrigiendo. Y para premiarte por todo el cariño que sientes por tu buen papá, he de convertirte en un niño verdadero de carne y hueso; y espero que llegarás a ser un hombre de provecho.
Al decir esto, lo tocó con su varita mágica, y desapareció. De este modo, el simpático muñeco de madera, el de la larga nariz, quedó convertido en un niño verdadero. Y fue un hijo excelente para Gepetto.
"LA BELLA DURMIENTE"
"LA BELLA DURMIENTE"
Por: Charles Perrault
El rey y la reina de un lejano país estaban muy contentos, habían tenido una lindísima hijita. Eran tan felices que decidieron hacer una gran fiesta. Invitaron a todos los nobles del reino y a todos los sabios y a todas las hadas. Bueno, a casi todas las hadas, porque sin darse cuenta, se olvidaron de una vieja y gruñona hada que vivía en los pantanos.
Llegó el día esperado. Todos estaban disfrutando de la fiesta cuando apareció la vieja hada. — ¡Aunque no me habéis invitado, traigo un regalo a la princesita! -dijo el hada muy molesta. — ¿Qué regalo traéis para mi pequeña? -preguntó dulcemente la reina. — Cuando tenga dieciocho años se pinchará con una rueca y caerá dormida durante cien años y, con ella, dormiréis también todos vosotros -dijo el hada con mucha rabia mientras desaparecía.
El rey hizo desaparecer entonce todas las ruecas del reino para que no se cumpliera el hechizo del hada.
La tarde en que cumplió los dieciocho años, la princesa paseaba por el castillo cuando vio, en una oscura habitación, a una amorosa anciana hilando en una rueca.— ¿Me podríais ayudar bella niña? Se me ha enganchado el hilo y no puedo sacarlo -le dijo la anciana, que no era otra que la malvada hada. La princesita, se dispuso a ayudarla y, sin querer, se pinchó con la rueca.
Al instante se paralizó todo el castillo, quedando todos quietos como si fueran estatuas.
Algún tiempo después pasó por el encantado lugar un hermoso joven. Había oído la leyenda de la bella princesita que dormía y decidió liberarla de su hechizo. Buscó por todo el castillo hasta hallar a la bella durmiente.
Nada más verla se enamoró y, acercándose a ella, la besó. En aquel momento todo cambió y la princesita se despertó. Hubo mucha alegría en el palacio porque con el tiempo, los dos jóvenes se casaron y fueron muy felices.
Por: Charles Perrault
El rey y la reina de un lejano país estaban muy contentos, habían tenido una lindísima hijita. Eran tan felices que decidieron hacer una gran fiesta. Invitaron a todos los nobles del reino y a todos los sabios y a todas las hadas. Bueno, a casi todas las hadas, porque sin darse cuenta, se olvidaron de una vieja y gruñona hada que vivía en los pantanos.
Llegó el día esperado. Todos estaban disfrutando de la fiesta cuando apareció la vieja hada. — ¡Aunque no me habéis invitado, traigo un regalo a la princesita! -dijo el hada muy molesta. — ¿Qué regalo traéis para mi pequeña? -preguntó dulcemente la reina. — Cuando tenga dieciocho años se pinchará con una rueca y caerá dormida durante cien años y, con ella, dormiréis también todos vosotros -dijo el hada con mucha rabia mientras desaparecía.
El rey hizo desaparecer entonce todas las ruecas del reino para que no se cumpliera el hechizo del hada.
La tarde en que cumplió los dieciocho años, la princesa paseaba por el castillo cuando vio, en una oscura habitación, a una amorosa anciana hilando en una rueca.— ¿Me podríais ayudar bella niña? Se me ha enganchado el hilo y no puedo sacarlo -le dijo la anciana, que no era otra que la malvada hada. La princesita, se dispuso a ayudarla y, sin querer, se pinchó con la rueca.
Al instante se paralizó todo el castillo, quedando todos quietos como si fueran estatuas.
Algún tiempo después pasó por el encantado lugar un hermoso joven. Había oído la leyenda de la bella princesita que dormía y decidió liberarla de su hechizo. Buscó por todo el castillo hasta hallar a la bella durmiente.
Nada más verla se enamoró y, acercándose a ella, la besó. En aquel momento todo cambió y la princesita se despertó. Hubo mucha alegría en el palacio porque con el tiempo, los dos jóvenes se casaron y fueron muy felices.
"CAPERUCITA ROJA"
"CAPERUCITA ROJA"
Por: Charles Perrault
Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.
Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.
Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...
De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella. - ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca. - A casa de mi abuelita- le dijo Caperucita. - No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.
Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.
Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.
El lobo devoró a la abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó en seguida, toda contenta.
La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada. — Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! — Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela. — Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! — Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo. — Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! — Son para... ¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.
Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.
Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.
En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su abuelita y de su mamá.
Por: Charles Perrault
Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.
Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.
Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...
De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella. - ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca. - A casa de mi abuelita- le dijo Caperucita. - No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.
Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.
Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.
El lobo devoró a la abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó en seguida, toda contenta.
La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada. — Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! — Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela. — Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! — Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo. — Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! — Son para... ¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.
Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.
Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.
En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su abuelita y de su mamá.
MI AMIGA, LA ARDILLA
MI AMIGA, LA ARDILLA
Por: Cecilia Poblete Ibaceta -Chilena
Cerca de la casa está el parque donde cada día vamos a dar una vuelta en bicicleta, junto con varios amiguitos de la misma cuadra.
Las condiciones ya las conocemos: tener cuidado con las personas que pasean a pie, no salirnos del parque, no molestar a las ardillas y mucho menos tratar de acariciarlas porque muerden, etc. Tantas veces hemos escuchado lo mismo, que a fuerza de tanta repetición, ya lo hemos aprendido.
El parque es muy grande y bonito, muchas personas van a correr y a pasear; otras se quedan mucho rato pensando apoyadas en los gruesos troncos o leen un libro; otros incluso van a dibujar. Y nosotros disfrutamos de grandes vueltas en la bici.
Estaba descansando un poco después de la carrera que hicimos y donde llegué en tercer lugar, cuando sentí algo en mi pierna; pensé en una hormiga atrevida y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con que una ardilla me tocaba con una de sus manitas, para llamar mi atención.
-¡Hola ardilla! ¿Por qué estás lejos de tu árbol? No me vayas a morder por favor, porque son muchas las inyecciones que tendría que ponerme y además mi mamá me regañaría - le dije al tiempo que me levantaba suavemente para no asustarla. _No te voy a morder - me dijo - porque no me estás molestando, pero quiero que me lleves a mi árbol, por favor.
- ¡Tú estás hablando! - le dije con gran sorpresa.
- Tú me saludaste - me dijo - ¿acaso quieres que no te responda? Mi mami nos enseña a que siempre hay que responder el saludo que nos dan.
Recordé que mi mami nos decía lo mismo, y pensé que era mejor aprovechar la conversación, en vez de ponerme a explicarle que ese consejo se suponía que era entre humanos.
- Ya sé - continuó la ardilla, acomodándose sobre mis piernas - que estás pensando que la conversación es entre gente que habla, pero déjame decirte que muchas personas grandes saludan a los bebés que no saben hablar y hasta a sus perros les platican. Pero bueno, déjame explicarte por favor.
Y así me explicó que muchas veces había querido acercarse a mí para conversar conmigo, pero que hasta ese día realmente se había atrevido. Que se había fijado en mí porque siempre estoy cuidando de reojo a los más pequeños; que no maltrato las flores; que parezco la más prudente, etc.
Por supuesto que me sentí muy contenta y pensé que sería bueno que mis papás la escucharan para que supieran la excelente opinión que tenía de mí, esta ardilla tan curiosa y bien hablada.
Por supuesto que después de oír tantas cosas favorables de mi persona, me tomé todo el tiempo para escucharla. La situación era que muchas semillas de los altos árboles donde vivían, caían en el sendero, donde eran pisadas por la gente, o eran barridas y echadas a la basura.
Debido a la contaminación de la ciudad que aumentaba por día, los árboles tenían serios problemas de respiración y por más que se esforzaban, muchas veces no alcanzaban a llevar la savia desde sus raíces hasta las altas ramas; los árboles se sentían viejos y veían con preocupación que las semillas no se enraizaban para que crecieran nuevos arbolitos.
Yo escuchaba atentamente, pero como me había separado del grupo, llegaron otros amigos a buscarme, y al verme en amena plática con la ardilla, se acercaron despacio y con todo el asombro pintado en sus caras.
La ardilla les saludó como si nada y los invitó a escucharla para que entre todos pudiéramos ayudar a los árboles. Así es que dejaron las bicicletas a un lado y todos se sentaron alrededor. Por suerte no había ningún adulto en ese lado del parque.
Y continuó diciendo que a pesar de que se plantan muchos nuevos arbolitos, los ponen en bolsas de plástico muy pequeñas o no los riegan lo suficiente, así es que cuando llegan a ponerlos en tierra, muchos no sobre viven. Que se requiere que los arbolitos estén más grandes para que se puedan desarrollar mejor, antes de transplantarlos y que requieren cuidados, como sacarles los caracoles, hacerles una poza alrededor para que no se escurra el agua y otras cosas en que nosotros, los más chicos, podíamos ayudar.
Mucho rato estuvo la ardilla hablando de tantas situaciones que nunca habíamos visto y que realmente no era mayor tarea para nosotros, así es que le aseguramos que haríamos un plan de acción al respecto.
Yo personalmente me comprometía a preguntarle a la maestra de Ciencias, qué podríamos hacer, y otros amigos también dijeron que preguntarían en sus casas y escuelas.
Nos despedimos de nuestra nueva amiga y subimos a las bicicletas, pero ahora íbamos despacio, cada uno aportando ideas acerca de cómo ayudar a que el parque se mantuviera siendo el hermoso lugar de paseo para muchos.
Al día siguiente y aprovechando la clase de Ciencias, le pregunté a la maestra, qué se podía hacer para conservar el parque vecino. Por supuesto que no le hablé de la ardilla parlanchina porque ni me hubiera creído ni me hubiera respondido. Así es que sólo le comenté que estábamos preocupados de ver las semillas caídas, y repetí todo lo que la ardilla nos había dicho.
Otros compañeros, se sumaron a las preguntas porque se empezaron a dar cuenta de lo que significaba perder los paseos en patines o en bicicletas, en los parques y jardines que todos usábamos, y al final, la maestra dijo que iríamos en un "trabajo de campo" como lo llamó, a ver cómo podíamos ayudar.
A la semana siguiente y con el permiso en la mano, nos dirigimos al parque donde se encontraba nuestra amiga ardilla, y estuvimos hablando con el personal de limpieza y con otras personas que paseaban. Todo era trabajo de la escuela, así es que todos respondieron las preguntas que habíamos preparado con anticipación.
Casi todos respondieron que sí era importante, pero que no sabían qué hacer para ayudar; todos nos daban la razón y nos aportaron excelentes ideas.
Mi amiga estaba subida en un árbol y nos siguió durante un buen trecho. Nosotros la saludamos, diciéndole frases como: "Les vamos a ayudar" "Plantaremos más árboles" "Verán cómo el parque mejora" y muchas otras, ante la de mirada de la maestra que, al ver que nos dirigíamos a las ardillas, sonreía de forma benevolente, seguramente pensando "estos niños hablan con las ardillas como si les entendieran", pero nosotros estábamos seguros que así sucedía.
Un mes después en el parque se veían letreros que invitaban a cuidar los nuevos arbolitos plantados, el riego se hacía de manera más cuidadosa y nosotros formamos diferentes brigadas: una de recolección de caracoles, otra para sacar la maleza que crecía junto a los nuevos árboles, otra para hacer pozas alrededor de los árboles pequeños.
Estas brigadas trabajaban una vez al mes, un domingo en que invitábamos a los papás a participar con nosotros.
Muchos papás empezaron a conocerse entre ellos e incluso, los más renuentes, poco a poco, fueron llegando a ayudar. Pusimos letreros de "Ayúdenos a conservar el parque" y lo mejor empezó a suceder cuando otros niños quisieron ayudarnos también y les enseñamos todo lo que hacíamos.
Comenzamos a hacer lo mismo en otro parque vecino y nuevamente tuvimos una excelente respuesta.
Un año después visitábamos y trabajábamos en cuatro parques; éramos prácticamente un regimiento de voluntarios y los parques estaban más limpios y las ardillas más felices.
Fue una gran fiesta la del primer aniversario de nuestras brigadas, y rodeados de globos, hicimos carreras de bicicletas y patines.
Ese día muchas ardillas llegaron cerca de nosotros y en los árboles, hicieron muchas piruetas entre las ramas. Yo creo que querían darnos las gracias, pero realmente los que teníamos que agradecerles, éramos nosotros, así es que dejamos muchas nueces al pie de los grandes árboles y nos separamos un poco, para disfrutar a la distancia del panorama tan hermoso.
Por: Cecilia Poblete Ibaceta -Chilena
Cerca de la casa está el parque donde cada día vamos a dar una vuelta en bicicleta, junto con varios amiguitos de la misma cuadra.
Las condiciones ya las conocemos: tener cuidado con las personas que pasean a pie, no salirnos del parque, no molestar a las ardillas y mucho menos tratar de acariciarlas porque muerden, etc. Tantas veces hemos escuchado lo mismo, que a fuerza de tanta repetición, ya lo hemos aprendido.
El parque es muy grande y bonito, muchas personas van a correr y a pasear; otras se quedan mucho rato pensando apoyadas en los gruesos troncos o leen un libro; otros incluso van a dibujar. Y nosotros disfrutamos de grandes vueltas en la bici.
Estaba descansando un poco después de la carrera que hicimos y donde llegué en tercer lugar, cuando sentí algo en mi pierna; pensé en una hormiga atrevida y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con que una ardilla me tocaba con una de sus manitas, para llamar mi atención.
-¡Hola ardilla! ¿Por qué estás lejos de tu árbol? No me vayas a morder por favor, porque son muchas las inyecciones que tendría que ponerme y además mi mamá me regañaría - le dije al tiempo que me levantaba suavemente para no asustarla. _No te voy a morder - me dijo - porque no me estás molestando, pero quiero que me lleves a mi árbol, por favor.
- ¡Tú estás hablando! - le dije con gran sorpresa.
- Tú me saludaste - me dijo - ¿acaso quieres que no te responda? Mi mami nos enseña a que siempre hay que responder el saludo que nos dan.
Recordé que mi mami nos decía lo mismo, y pensé que era mejor aprovechar la conversación, en vez de ponerme a explicarle que ese consejo se suponía que era entre humanos.
- Ya sé - continuó la ardilla, acomodándose sobre mis piernas - que estás pensando que la conversación es entre gente que habla, pero déjame decirte que muchas personas grandes saludan a los bebés que no saben hablar y hasta a sus perros les platican. Pero bueno, déjame explicarte por favor.
Y así me explicó que muchas veces había querido acercarse a mí para conversar conmigo, pero que hasta ese día realmente se había atrevido. Que se había fijado en mí porque siempre estoy cuidando de reojo a los más pequeños; que no maltrato las flores; que parezco la más prudente, etc.
Por supuesto que me sentí muy contenta y pensé que sería bueno que mis papás la escucharan para que supieran la excelente opinión que tenía de mí, esta ardilla tan curiosa y bien hablada.
Por supuesto que después de oír tantas cosas favorables de mi persona, me tomé todo el tiempo para escucharla. La situación era que muchas semillas de los altos árboles donde vivían, caían en el sendero, donde eran pisadas por la gente, o eran barridas y echadas a la basura.
Debido a la contaminación de la ciudad que aumentaba por día, los árboles tenían serios problemas de respiración y por más que se esforzaban, muchas veces no alcanzaban a llevar la savia desde sus raíces hasta las altas ramas; los árboles se sentían viejos y veían con preocupación que las semillas no se enraizaban para que crecieran nuevos arbolitos.
Yo escuchaba atentamente, pero como me había separado del grupo, llegaron otros amigos a buscarme, y al verme en amena plática con la ardilla, se acercaron despacio y con todo el asombro pintado en sus caras.
La ardilla les saludó como si nada y los invitó a escucharla para que entre todos pudiéramos ayudar a los árboles. Así es que dejaron las bicicletas a un lado y todos se sentaron alrededor. Por suerte no había ningún adulto en ese lado del parque.
Y continuó diciendo que a pesar de que se plantan muchos nuevos arbolitos, los ponen en bolsas de plástico muy pequeñas o no los riegan lo suficiente, así es que cuando llegan a ponerlos en tierra, muchos no sobre viven. Que se requiere que los arbolitos estén más grandes para que se puedan desarrollar mejor, antes de transplantarlos y que requieren cuidados, como sacarles los caracoles, hacerles una poza alrededor para que no se escurra el agua y otras cosas en que nosotros, los más chicos, podíamos ayudar.
Mucho rato estuvo la ardilla hablando de tantas situaciones que nunca habíamos visto y que realmente no era mayor tarea para nosotros, así es que le aseguramos que haríamos un plan de acción al respecto.
Yo personalmente me comprometía a preguntarle a la maestra de Ciencias, qué podríamos hacer, y otros amigos también dijeron que preguntarían en sus casas y escuelas.
Nos despedimos de nuestra nueva amiga y subimos a las bicicletas, pero ahora íbamos despacio, cada uno aportando ideas acerca de cómo ayudar a que el parque se mantuviera siendo el hermoso lugar de paseo para muchos.
Al día siguiente y aprovechando la clase de Ciencias, le pregunté a la maestra, qué se podía hacer para conservar el parque vecino. Por supuesto que no le hablé de la ardilla parlanchina porque ni me hubiera creído ni me hubiera respondido. Así es que sólo le comenté que estábamos preocupados de ver las semillas caídas, y repetí todo lo que la ardilla nos había dicho.
Otros compañeros, se sumaron a las preguntas porque se empezaron a dar cuenta de lo que significaba perder los paseos en patines o en bicicletas, en los parques y jardines que todos usábamos, y al final, la maestra dijo que iríamos en un "trabajo de campo" como lo llamó, a ver cómo podíamos ayudar.
A la semana siguiente y con el permiso en la mano, nos dirigimos al parque donde se encontraba nuestra amiga ardilla, y estuvimos hablando con el personal de limpieza y con otras personas que paseaban. Todo era trabajo de la escuela, así es que todos respondieron las preguntas que habíamos preparado con anticipación.
Casi todos respondieron que sí era importante, pero que no sabían qué hacer para ayudar; todos nos daban la razón y nos aportaron excelentes ideas.
Mi amiga estaba subida en un árbol y nos siguió durante un buen trecho. Nosotros la saludamos, diciéndole frases como: "Les vamos a ayudar" "Plantaremos más árboles" "Verán cómo el parque mejora" y muchas otras, ante la de mirada de la maestra que, al ver que nos dirigíamos a las ardillas, sonreía de forma benevolente, seguramente pensando "estos niños hablan con las ardillas como si les entendieran", pero nosotros estábamos seguros que así sucedía.
Un mes después en el parque se veían letreros que invitaban a cuidar los nuevos arbolitos plantados, el riego se hacía de manera más cuidadosa y nosotros formamos diferentes brigadas: una de recolección de caracoles, otra para sacar la maleza que crecía junto a los nuevos árboles, otra para hacer pozas alrededor de los árboles pequeños.
Estas brigadas trabajaban una vez al mes, un domingo en que invitábamos a los papás a participar con nosotros.
Muchos papás empezaron a conocerse entre ellos e incluso, los más renuentes, poco a poco, fueron llegando a ayudar. Pusimos letreros de "Ayúdenos a conservar el parque" y lo mejor empezó a suceder cuando otros niños quisieron ayudarnos también y les enseñamos todo lo que hacíamos.
Comenzamos a hacer lo mismo en otro parque vecino y nuevamente tuvimos una excelente respuesta.
Un año después visitábamos y trabajábamos en cuatro parques; éramos prácticamente un regimiento de voluntarios y los parques estaban más limpios y las ardillas más felices.
Fue una gran fiesta la del primer aniversario de nuestras brigadas, y rodeados de globos, hicimos carreras de bicicletas y patines.
Ese día muchas ardillas llegaron cerca de nosotros y en los árboles, hicieron muchas piruetas entre las ramas. Yo creo que querían darnos las gracias, pero realmente los que teníamos que agradecerles, éramos nosotros, así es que dejamos muchas nueces al pie de los grandes árboles y nos separamos un poco, para disfrutar a la distancia del panorama tan hermoso.
La araña y la viejecita
La araña y la viejecita
Por: Marisa Moreno
En una casita, en lo alto de una montaña, vivía hace tiempo una viejecita muy buena y cariñosa.
Tenía el pelo blanco y la piel de su cara era tan clara como los rayos del sol.
Estaba muy sola y un poco triste, porque nadie iba a visitarla.
Lo único que poseía era un viejo baúl y la compañía de una arañita muy trabajadora, que siempre le acompañaba cuando tejía y hacía labores.
La pequeña araña, conocía muy bien cuando la viejecita era feliz y cuando no.
Desde muy pequeña la observaba y había aprendido tanto de ella que pensó que sería buena idea intentar que bajara al pueblo para hablar con los demás. Así aprenderían todo lo que ella podía enseñarles.
Ella les enseñaría a ser valientes cuando estén solos, a ser fuertes para vencer los problemas de cada día y algo muy, muy importante a crear ilusiones, sueños, fantasías.
Las horas pasaban junto a la chimenea y las dos se entretenían bordando y haciendo punto.
La viejecita, apenas podías sostener las madejas y los hilos en sus brazos.
¡Qué cansada me siento!, ¡Me pesan mucho estas agujas!. Decía la ancianita.
La arañita, la mimaba y la sonreía.
Un día, la araña, pensó que ya había llegado el momento de poner en práctica su idea.
¿Sabes, lo que haremos?. ¡Iremos al mercado a vender nuestras labores!. ¡Así, ganaremos dinero y podremos ver a otras personas y hablar con ellas!.
La anciana no estaba muy convencida.
¡Hace mucho tiempo que no hablo con nadie!. Dijo: la anciana.
¿Crees que puede importarle a alguien lo que yo le diga?.
¡Claro que sí!. ¡Verás como nos divertimos!.
Se pusieron en marcha, bajaron despacito, como el que no quiere perder ni un minuto de la vida.
Iban admirando el paisaje, los árboles, las flores y los pequeños animalitos que veían por el camino.
Llegaron al mercado y extendieron sus bordados sobre una gran mesa.
Todo el mundo se paraba a mirarlos. ¡Eran tan bonitos!.
La gente les compró todo lo que llevaban. ¡Además hicieron buenos amigos!.
Enseguida, los demás, se dieron cuenta de la gran persona que era la viejecita y le pedían consejo sobre sus problemillas.
Al principio, le daba un poco de vergüenza que todo el mundo, la preguntara cosas. Pero poco a poco descubrió el gran valor que tienen las palabras y cómo muchas veces una palabra ayuda a superar las tristezas.
Palabras llenas de cariño como:
¡Animo, adelante, puedes conseguirlo!. ¡Confía en ti, cree en ti!.
Ella también aprendió ese día, que las cosas que sentimos en el corazón, debemos sacarlas fuera, quizá los otros puedan aprovecharlas para su vida.
La arañita le decía a la anciana: ¡Deja volar tus sentimientos, se alegre, espontánea, ofrece siempre lo mejor de ti!.
La viejecita y la araña partieron hacia su casita de la montaña.
Siguieron haciendo bordados y bordados.
Trabajaban mucho y cuando llegaba la noche la araña se iba a su rinconcito a dormir. La anciana se despedía de ella y le decía: ¡Gracias por ser mi amiga!.
¡Un amigo, es más valioso que joyas y riquezas, llora y ríe contigo y también sueña!. Mientras sentía estos pensamientos, la viejecita se iba quedando dormida, sus ojos cansados se cerraron y la paz brilló en su cara.
La luna les acompañaba e iluminaba la pequeña casita y nunca, nunca estaban solas. Más allá, muy lejos, sus seres queridos velaban sus sueños.
Por: Marisa Moreno
En una casita, en lo alto de una montaña, vivía hace tiempo una viejecita muy buena y cariñosa.
Tenía el pelo blanco y la piel de su cara era tan clara como los rayos del sol.
Estaba muy sola y un poco triste, porque nadie iba a visitarla.
Lo único que poseía era un viejo baúl y la compañía de una arañita muy trabajadora, que siempre le acompañaba cuando tejía y hacía labores.
La pequeña araña, conocía muy bien cuando la viejecita era feliz y cuando no.
Desde muy pequeña la observaba y había aprendido tanto de ella que pensó que sería buena idea intentar que bajara al pueblo para hablar con los demás. Así aprenderían todo lo que ella podía enseñarles.
Ella les enseñaría a ser valientes cuando estén solos, a ser fuertes para vencer los problemas de cada día y algo muy, muy importante a crear ilusiones, sueños, fantasías.
Las horas pasaban junto a la chimenea y las dos se entretenían bordando y haciendo punto.
La viejecita, apenas podías sostener las madejas y los hilos en sus brazos.
¡Qué cansada me siento!, ¡Me pesan mucho estas agujas!. Decía la ancianita.
La arañita, la mimaba y la sonreía.
Un día, la araña, pensó que ya había llegado el momento de poner en práctica su idea.
¿Sabes, lo que haremos?. ¡Iremos al mercado a vender nuestras labores!. ¡Así, ganaremos dinero y podremos ver a otras personas y hablar con ellas!.
La anciana no estaba muy convencida.
¡Hace mucho tiempo que no hablo con nadie!. Dijo: la anciana.
¿Crees que puede importarle a alguien lo que yo le diga?.
¡Claro que sí!. ¡Verás como nos divertimos!.
Se pusieron en marcha, bajaron despacito, como el que no quiere perder ni un minuto de la vida.
Iban admirando el paisaje, los árboles, las flores y los pequeños animalitos que veían por el camino.
Llegaron al mercado y extendieron sus bordados sobre una gran mesa.
Todo el mundo se paraba a mirarlos. ¡Eran tan bonitos!.
La gente les compró todo lo que llevaban. ¡Además hicieron buenos amigos!.
Enseguida, los demás, se dieron cuenta de la gran persona que era la viejecita y le pedían consejo sobre sus problemillas.
Al principio, le daba un poco de vergüenza que todo el mundo, la preguntara cosas. Pero poco a poco descubrió el gran valor que tienen las palabras y cómo muchas veces una palabra ayuda a superar las tristezas.
Palabras llenas de cariño como:
¡Animo, adelante, puedes conseguirlo!. ¡Confía en ti, cree en ti!.
Ella también aprendió ese día, que las cosas que sentimos en el corazón, debemos sacarlas fuera, quizá los otros puedan aprovecharlas para su vida.
La arañita le decía a la anciana: ¡Deja volar tus sentimientos, se alegre, espontánea, ofrece siempre lo mejor de ti!.
La viejecita y la araña partieron hacia su casita de la montaña.
Siguieron haciendo bordados y bordados.
Trabajaban mucho y cuando llegaba la noche la araña se iba a su rinconcito a dormir. La anciana se despedía de ella y le decía: ¡Gracias por ser mi amiga!.
¡Un amigo, es más valioso que joyas y riquezas, llora y ríe contigo y también sueña!. Mientras sentía estos pensamientos, la viejecita se iba quedando dormida, sus ojos cansados se cerraron y la paz brilló en su cara.
La luna les acompañaba e iluminaba la pequeña casita y nunca, nunca estaban solas. Más allá, muy lejos, sus seres queridos velaban sus sueños.
EL GATO CON BOTAS
EL GATO CON BOTAS
Por: Charles Perrault
Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesito llamar al abogado ni al notario. Habrían consumido el pobre todo el patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedo con el burro y el menor le toco solo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
_Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel , me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba sus palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
No debéis afligiros, mi señor, no tenéis mas que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales y veréis que vuestra herencia no están pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desespero de verse socorrido por él en su miseria. Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se coloco las botas y echándose la bolsa al cuello, sujeto los cordones de esta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde habían muchos conejos. Puso afrecho y hiervas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardo a que algún conejillo, poco conocedor aun de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando de los cordones, lo encerró y lo mato sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con el. Lo hicieron subir a los aposentos de su majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
_He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marques de Carabas (era el nombre que invento para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
Dile a tu amo, respondió el juez, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se oculto en un trigal, dejando siempre su saco abierto' y cuando entraron dos perdices , tiro los cordones y las cazo a ambas. Fue en seguida a ofrendárselas al rey, tal como había hecho con el conejo en el campo. El Rey recibió también con agrado dos predices, y ordeno que le diesen de beber.
El gato continuo así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
_Si queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna esta hecha: no tenéis más que bañaros en el río en el sitio que os mostrare, y en seguida yo haré lo demás.
El marques de Carabás hizo lo que su gato le aconsejo, sin saber de que serviría. Mientras se estaba bañando el rey paso por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
¡Socorro, socorro! ¡El señor marques de Carabás se esta ahogando!
Al oír el grito, el rey asomo la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces lo había llevado caza, ordeno a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marques de Carabás. En tanto que sacaba del río al pobre marqués, el gato se acerco a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando unos ladrones se habían llevado sus ropas peses a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas' el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordeno de inmediato a los encargados de sus guardarropa que fuesen a buscar las mas bellas vestiduras para el señor marques de Carabás. El rey le hizo mil atenciones como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; basto que el marques de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas y ella quedo locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato encantado de ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelanto, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
_Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marques de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey pregunto a los segadores de quien era eses prado que estaban segando.
_Es del señor marques de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
_Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marques de Carabás.
_Veréis ,Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año. El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
_Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecieron al marques de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
El rey, que paso momentos después, quiso saber a quien pertenecían los campos que veía.
Son del señor marques de Carabas, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegro con el marques.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marques de Carabás.
El maestro gato llego finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro que rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quien era este ogro de lo que sabia hacer , pidió hablar con el, diciendo que no había querido pasar tan cerca del castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma mas cortes que puede hacerlo un ogro y lo invito a descansar.
_Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
_Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veris como me convierto en león.
El gato se asusto tanto al ver a un león delante de el que en un santiamén se trepo en canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato confeso que había tenido mucho miedo.
_Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del mas pequeño animalillo' por ejemplo que podéis convertiros en un ratón , en una rata os confieso que eso me parece imposible/
_¿Imposible?, repuso el ogro , ya veréis , y al mismo tiempo se transformo en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echo encima de ella y se la comió.
Entretanto, e creí que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír, el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
_Vuestra majestad sea bienvenida al castillo del señor marques de Carabás.
_¡Como, señor marques, exclamo el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay mas bello que este patio y todos su edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor. El marques ofreció la mano de la joven princesa y siguiendo al rey que iba primero entraron a una gran sala donde encontraron una magnifica colación que el ogro había mandado a preparar para su amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marques de Carabás, al igual que su hija que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
_Solo dependerá de vos, señor marques, que seáis mi yerno.
El marques, haciendo grandes reverencias, acepto el honor que le hacia el rey; y ese mimos día se caso con la princesa. El gato se convirtió en gran señor y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
MORALEJA
En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
mas los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
mas provecho que de la posición.
OTRA MORALEJA
Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración
es porque el vestir con esmero
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.
Por: Charles Perrault
Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesito llamar al abogado ni al notario. Habrían consumido el pobre todo el patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedo con el burro y el menor le toco solo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
_Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel , me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba sus palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
No debéis afligiros, mi señor, no tenéis mas que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales y veréis que vuestra herencia no están pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desespero de verse socorrido por él en su miseria. Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se coloco las botas y echándose la bolsa al cuello, sujeto los cordones de esta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde habían muchos conejos. Puso afrecho y hiervas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardo a que algún conejillo, poco conocedor aun de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando de los cordones, lo encerró y lo mato sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con el. Lo hicieron subir a los aposentos de su majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
_He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marques de Carabas (era el nombre que invento para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
Dile a tu amo, respondió el juez, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se oculto en un trigal, dejando siempre su saco abierto' y cuando entraron dos perdices , tiro los cordones y las cazo a ambas. Fue en seguida a ofrendárselas al rey, tal como había hecho con el conejo en el campo. El Rey recibió también con agrado dos predices, y ordeno que le diesen de beber.
El gato continuo así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
_Si queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna esta hecha: no tenéis más que bañaros en el río en el sitio que os mostrare, y en seguida yo haré lo demás.
El marques de Carabás hizo lo que su gato le aconsejo, sin saber de que serviría. Mientras se estaba bañando el rey paso por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
¡Socorro, socorro! ¡El señor marques de Carabás se esta ahogando!
Al oír el grito, el rey asomo la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces lo había llevado caza, ordeno a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marques de Carabás. En tanto que sacaba del río al pobre marqués, el gato se acerco a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando unos ladrones se habían llevado sus ropas peses a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas' el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordeno de inmediato a los encargados de sus guardarropa que fuesen a buscar las mas bellas vestiduras para el señor marques de Carabás. El rey le hizo mil atenciones como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; basto que el marques de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas y ella quedo locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato encantado de ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelanto, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
_Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marques de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey pregunto a los segadores de quien era eses prado que estaban segando.
_Es del señor marques de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
_Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marques de Carabás.
_Veréis ,Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año. El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
_Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecieron al marques de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
El rey, que paso momentos después, quiso saber a quien pertenecían los campos que veía.
Son del señor marques de Carabas, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegro con el marques.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marques de Carabás.
El maestro gato llego finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro que rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quien era este ogro de lo que sabia hacer , pidió hablar con el, diciendo que no había querido pasar tan cerca del castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma mas cortes que puede hacerlo un ogro y lo invito a descansar.
_Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
_Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veris como me convierto en león.
El gato se asusto tanto al ver a un león delante de el que en un santiamén se trepo en canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato confeso que había tenido mucho miedo.
_Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del mas pequeño animalillo' por ejemplo que podéis convertiros en un ratón , en una rata os confieso que eso me parece imposible/
_¿Imposible?, repuso el ogro , ya veréis , y al mismo tiempo se transformo en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echo encima de ella y se la comió.
Entretanto, e creí que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír, el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
_Vuestra majestad sea bienvenida al castillo del señor marques de Carabás.
_¡Como, señor marques, exclamo el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay mas bello que este patio y todos su edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor. El marques ofreció la mano de la joven princesa y siguiendo al rey que iba primero entraron a una gran sala donde encontraron una magnifica colación que el ogro había mandado a preparar para su amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marques de Carabás, al igual que su hija que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
_Solo dependerá de vos, señor marques, que seáis mi yerno.
El marques, haciendo grandes reverencias, acepto el honor que le hacia el rey; y ese mimos día se caso con la princesa. El gato se convirtió en gran señor y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
MORALEJA
En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
mas los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
mas provecho que de la posición.
OTRA MORALEJA
Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración
es porque el vestir con esmero
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.
Bhuhb y el caballo Loco.
Bhuhb y el caballo Loco.
Por: www.Bhuhb.org
Un día, el gnomo Bhuhb fue a la granja. A Bhuhb le encantan los animales. En la granja había patos, chanchos, vacas, gallinas y caballos. Bhuhb le pidió permiso a la vaca Aurora para poder entrar.
–Entrá, pero tené cuidado con el caballo loco –le contestó la vaca Aurora.
-¿Dónde está el caballo loco? –preguntó Bhuhb, que era un gnomo experto en psicología.
–Está en aquel establo –le contestó la vaca mientras se iba a jugar a las cartas con el chancho Juancho.
Bhuhb entró en el establo.
Y le dijo al caballo:
–¿Qué hacés caballito?
–Yo no soy un caballo –
le contestó el caballo–.
Yo soy un gallo.
–Vamos a hacer una cosa. Yo te voy a llevar al gallinero y vos me vas a decir si sos un gallo.
Bhuhb lo llevó al gallinero.
–¿Quién es ese gallo tan apuesto? –
gritó de pronto una gallina.
–No le hagas caso –
dijo un pollito a Bhuhb–.
Esta gallina se cree caballo.
–Si el caballo se cree gallo y la gallina caballo, pongámoslos juntos en un corral-
dijo Bhuhb.
Así fue que el Caballo-Gallo y la Gallina-Caballo vivieron felices y adoptaron
un Pato Sapo.
Por: www.Bhuhb.org
Un día, el gnomo Bhuhb fue a la granja. A Bhuhb le encantan los animales. En la granja había patos, chanchos, vacas, gallinas y caballos. Bhuhb le pidió permiso a la vaca Aurora para poder entrar.
–Entrá, pero tené cuidado con el caballo loco –le contestó la vaca Aurora.
-¿Dónde está el caballo loco? –preguntó Bhuhb, que era un gnomo experto en psicología.
–Está en aquel establo –le contestó la vaca mientras se iba a jugar a las cartas con el chancho Juancho.
Bhuhb entró en el establo.
Y le dijo al caballo:
–¿Qué hacés caballito?
–Yo no soy un caballo –
le contestó el caballo–.
Yo soy un gallo.
–Vamos a hacer una cosa. Yo te voy a llevar al gallinero y vos me vas a decir si sos un gallo.
Bhuhb lo llevó al gallinero.
–¿Quién es ese gallo tan apuesto? –
gritó de pronto una gallina.
–No le hagas caso –
dijo un pollito a Bhuhb–.
Esta gallina se cree caballo.
–Si el caballo se cree gallo y la gallina caballo, pongámoslos juntos en un corral-
dijo Bhuhb.
Así fue que el Caballo-Gallo y la Gallina-Caballo vivieron felices y adoptaron
un Pato Sapo.
ALEJANDRO Y EL SUEÑO EXTRAORDINARIO.
ALEJANDRO Y EL SUEÑO EXTRAORDINARIO.
La casa en que vive Alejandro es bastante grande: eso explica que se le pierdan tantas cosas y que siempre esté buscando algo por los rincones.
-¿Será posible que hayas perdido otra vez tu lápiz? -pregunta la mamá de Alejandro al verlo arrastrarse debajo del sofá. ¡Si sólo fuera el lápiz!
Desde que volvió del colegio, Alejandro ha perdido, además, una goma, dos caramelos y un pañuelo. La desaparición de los caramelos es lo que más lamenta: eran de limón. La goma no puede estar lejos, a pesar de que rebota como un ratón y le gusta esconderse en los lugares más oscuros.
En cuanto al pañuelo, más vale que nadie lo encuentre porque no está muy limpio.
A Alejandro le gustaría ser un niño ordenado porque es muy práctico poder encontrar los útiles del colegio, la ropa o los juguetes donde uno cree haberlos dejado. Pero la verdad es que todas las cosas de Alejandro parecen tener patitas: apenas las pone en un sitio, ¡zas!, desaparecen. -Eso le pasa porque es muy distraído -explica la mamá de Alejandro a la tía Josefina, que ha venido de visita.
La tía Josefina es muy agradable, pero a veces se pone severa y agita un dedo sobre la cabeza de Alejandro, diciendo cosas tan sorprendentes como ésta: -Si no tienes más cuidado, un día de estos vas a perder tu propio nombre. ¡Perder su propio nombre! Mucho tiempo después de que la tía Josefina se haya marchado, Alejandro sigue recordando sus extrañas palabras. Menos mal que antes de irse a la cama, logra encontrar la goma, el lápiz y uno de los caramelos. El otro parece haberse esfumado para siempre, a menos que se lo haya comido Bip, el perro de la casa.
A la mañana siguiente, Alejandro se levanta de buen humor para ir al colegio. Se sabe muy bien la lección de geografía y eso pone contento a cualquiera. Sale corriendo de su casa pero, apenas llega a la esquina, tiene que volver a buscar la cartera, que se ha quedado sobre la cama como si tuviera más sueño.
Ahora si, hay que darse prisa porque es una pena saber perfectamente la lección y llegar tarde justo ese día. Alejandro trepa el colectivo y cuando va a pedir su boleto, se queda helado: ¡no puede pagarlo! Las monedas que tenía preparadas sobre la mesa deben estar muertas de risa al ver que se ha olvidado de tomarlas. ¿Qué hacer? Alejandro reúne todo su coraje y se acerca al conductor: -Por favor, déjeme bajar -dice, poniéndose muy colorado-. Olvidé el monedero en casa. -Está bien, muchacho -dice un señor que lo ha oído todo-. Yo te pagaré el boleto para que no llegues tarde a la escuela.
Alejandro dice "Gracias, señor", y se queda muy avergonzado.
Porque díganme, amigos, ¿no es raro que a uno se le olviden tantas cosas? ¿No será que las cosas se ocultan a propósito para que no las olvide? meditando esta curiosa idea, Alejandro llega al colegio y se encuentra en la puerta con Gonzalo y José María, sus mejores amigos. Las primeras horas pasan volando como una bandada de pájaros. Al final de la mañana, durante la clase de lectura, todos los chicos tienen sus libros abiertos sobre los pupitres. Todos menos uno ... "¿Será posible que el libro de lectura se haya salido sólo de la cartera?", se pregunta Alejandro.
Cuando vuelve a casa, revuelve todo su cuarto en busca del libro perdido. ¿Y a que no adivinan dónde estaba?¡Dentro del cajón de los juguetes! Alejandro no lo puso allí, está seguro, pero quizás los juguetes decidieron aprender a leer... Esa noche, Alejandro sueña que sus juguetes, con enormes anteojos como los del abuelo, se sientan en los pupitres de la escuela y aprenden a leer.
Los anteojos no le quedan mal a la jirafa Pintona, ni al oso Canelo, ni a los títeres del teatro de marionetas. ¡Pero el avión cazabombarderos si que está raro con las patillas de los anteojos sujetadas en los reactores! La mañana llega pronto.
Es un día especialmente hermoso porque el papá de José María ha invitado a los amigos de su hijo a ir de excursión... Alejandro se lava y se viste a toda velocidad. Cuando aterriza en la cocina, su mamá está preparando un sabroso paquete: milanesa, tortilla, jamón, queso... ¡Dan ganas de comerlo todo ahora mismo! -Tendrás más hambre luego -dice la mamá, guardando las provisiones en un bolsón. Alejandro termina la leche y corre a la ventana.
¡Que espléndido día! El papá de José María llevará a cinco chicos a pescar en un río, lejos de la ciudad. Dejarán el auto en un pueblo y luego caminarán por el campo abierto. Además de José María, irán Gonzalo y los dos hermanos Hernán y Javier, dos chicos deportistas y simpáticos. "¡Boing, Boing"! Alejandro casi salta al oír el saludo del auto. Cuatro chicos corren hacia la casa, mientras el papá de José María saluda al papá de Alejandro y dice alegremente: -¡Vamos, que se hace tarde! -No olvides tu comida -grita la mamá de Alejandro, que aparece en la puerta con el bolsón en la mano.
Alejandro toma el bolsón y se va, abrazado con sus amigos. ¡Que mañana gloriosa! Los excursionistas llevan casi dos horas caminando por el campo. Alejandro es el más alegre, el que más se divierte. Los demás parecen algo cansados: el papá de José María lleva las cañas de pescar, su hijo carga una bolsa, Gonzalo ha atado su paquete a un palo, Javier transporta las provisiones en la cartera del colegio y Hernán sostiene una pesada cantimplora con agua. Sólo Alejandro tiene las manos libres: ¡ha olvidado su bolsón en el auto! Menos mal que sus amigos repartirán con él su comida... -¡Este chico es incorregible! -dice la mamá de Alejandro al enterarse de lo sucedido. -¡Todo lo olvida o lo pierde! -comenta el papá, disgustado. -¡Un día va a perder su propio nombre! -añade la tía Josefina. Pero Alejandro está tan cansado que, sin cenar, se va a la cama. Pero ... ¿que pasa ahora? En cuanto apaga la luz, la habitación se llena de colores y de voces. De pronto, Alejandro ve que los juguetes salen del cajón, con sus anteojos y sus libros. Se frota los ojos, maravillado, y se maravilla más aun cuando la jirafa Pintona abre un libro y dice: -Vamos a pasar lista para hacer un viaje extraordinario. A ver, ¿está el oso Canelo? ¿Están los títeres Tip y Top? ¿Está el cazabombarderos? -!Sí, sí, sí! -gritan los juguetes. -¡Yo también quiero ir! -suplica Alejandro, pero la jirafa Pintona lo mira severamente y dice: -¿Cómo te llamas? Veré si tu nombre está en la lista de viajeros. Alejandro va a contestar, ¡pero no le sale su nombre! Entonces, recuerda las palabras de la tía Josefina y hace un esfuerzo: "¡no es posible que haya olvidado mi propio nombre!", piensa. -¡Vamos, que se hace tarde! -dice la jirafa pintona, y en la confusión de la partida, nadie vuelve a preguntarle a Alejandro como se llama.
Así que, tomados de la mano, todos vuelan hacia un arco iris. De pronto, el grupo se suelta y Alejandro se encuentra sin saber como en un magnífico salón, ante una mesa ricamente servida. Pero lo más extraordinario es que alrededor de la mesa se sientan los personas que Alejandro siempre soñó conocer: el Jefe indio Nube Roja, Alicia, la del País de las Maravillas, Sandokan, el Tigre de Malasia, el Hombre del Espacio y su Robot, Don Quijote y Sancho Panza ...
¡Eso es mucho mejor que una fiesta de cumpleaños! -¿Quién es ese invitado? -Pregunta Alicia, señalando a Alejandro. Todos esperan en silencio, pero el sólo puede decir: "Yo soy... Me llamo ... Mi nombre es ...", sin aclarar absolutamente nada. -No queremos desconocidos aquí -dice severamente Sandokan. -¡Yo no soy un desconocido! -grita Alejandro, tratando en vano de recordar su nombre-. Yo me llamo ... Yo soy... Pero nada: ni la menor idea de quién es ni de cómo se llama. Es terrible. -Déjenlo pasar Vuestra Mercedes -interviene Don Quijote, siempre bondadoso y caballero. -Quizás recuerde su nombre cuando haya comido -añade Sancho Panza. Alicia hace un gestito de desaprobación, pero nadie se opone formalmente a que Alejandro se siente a la mesa. Una vez allí, surge otro problema: -¿Dónde estar tu tenedor? -pregunta el Jefe Nube Roja. Es cierto: todos tienen tenedor menos Alejandro, quien piensa con amargura: "Seguramente lo he perdido en algún sitio". Así que tiene que prestarle su tenedor el Robot, ya que puede tomar las cosas con su pinza. La comida no es tan agradable como Alejandro había esperado: todos los personajes le piden constantemente cosas que el no puede darles.
Alicia se encapricha con que quiere un caramelo, justamente aquel caramelo que Alejandro nunca logró encontrar. El Hombre del Espacio necesita un lápiz para explicar como vuela su nave, pero Alejandro no puede recordar donde esta su caja de útiles. Sandokan pide más queso, pero Alejandro se olvidó en el auto el bolsón de las provisiones... La verdad es que se pasa toda la comida dando explicaciones. De pronto, Alejandro se siente muy aburrido. Al notar que los ojos se le cierran de sueño, todos los personajes se ponen a reír a carcajadas: -¡Ja, Ja! -exclama el Jefe Nube Roja-. ¡El querer dormir y seguramente el haber perdido su cama! -¡Ja, Ja! -ríe Alicia-. ¡Quiere dormir y seguramente ha perdido su sueño! Sólo Don Quijote, menos juguetón, se acerca a Alejandro y, tomándolo de la mano, lo acompaña hasta su cama. Allí, lo tapa con una colcha bordada, que quién sabe de dónde ha salido. Antes de dormirse, Alejandro se fija en el bordado de la colcha, que forma la palabra "Alejandro". ¡Ahí está su nombre, por fin! Con un suspiro de alivio, cierra los ojos y se duerme del todo.
A la mañana siguiente, Alejandro recuerda cada detalle de su extraordinario viaje. También, cosa rara, encuentra sus zapatillas casi en seguida. Luego, guarda sus lápices, sus gomas y sus caramelos, cada uno en su lugar. Pone los libros en la cartera, y la cartera sobre la mesa, junto a las monedas para el autobús. Porque Alejandro ha decidido, de una buena vez, que las cosas no se pierden si uno no les permite hacerlo. ¿De dónde viene el nombre Alejandro?
ESPECIAL PARA ALEJANDROS Y ALEJANDRAS
El nombre ALEJANDRO viene de muy lejos y es muy antiguo. Las primeras personas que se llamaron así nacieron donde se juntan Europa y Asia. El más famoso de todos los Alejandros es Alejandro El Grande, o Alejandro Magno. Nació hace mas de 2.300 años y fue el emperador más joven y poderoso de la Historia. Fundó un inmenso imperio y muchas ciudades, de las cuales la más hermosa es Alejandría. Alejandría, llamada así en recuerdo de Alejandro, es hoy un gran puerto de Egipto. Hace muchísimo tiempo tenía una maravillosa Biblioteca y un Faro, hoy desaparecidos. El Faro de Alejandría, que media más de cien metros de altura, fue una de las Siete Maravillas del Mundo. Otro Alejandro famoso es el doctor Alejandro Fleming, que descubrió la penicilina y recibió por ello el Premio Nobel en 1945. Preocupado al ver que las heridas se infectaban, encontró un pequeño hongo que tenía el maravilloso poder de curar. El que quiera darle las gracias a ese hongo tan amable, puede encontrarlo, por ejemplo, en las venitas verdes del queso Roquefort. ¿Cómo se dice "yo me llamo Alejandro" en otros idiomas?
En Francés
Je m'appelle Alexandre Ye mapel Alexandr
En Italiano
Mi chiamo Alessandro Mi quiamo Alessandro
En Inglés
My name is Alexander Mai neim is Alexander
La casa en que vive Alejandro es bastante grande: eso explica que se le pierdan tantas cosas y que siempre esté buscando algo por los rincones.
-¿Será posible que hayas perdido otra vez tu lápiz? -pregunta la mamá de Alejandro al verlo arrastrarse debajo del sofá. ¡Si sólo fuera el lápiz!
Desde que volvió del colegio, Alejandro ha perdido, además, una goma, dos caramelos y un pañuelo. La desaparición de los caramelos es lo que más lamenta: eran de limón. La goma no puede estar lejos, a pesar de que rebota como un ratón y le gusta esconderse en los lugares más oscuros.
En cuanto al pañuelo, más vale que nadie lo encuentre porque no está muy limpio.
A Alejandro le gustaría ser un niño ordenado porque es muy práctico poder encontrar los útiles del colegio, la ropa o los juguetes donde uno cree haberlos dejado. Pero la verdad es que todas las cosas de Alejandro parecen tener patitas: apenas las pone en un sitio, ¡zas!, desaparecen. -Eso le pasa porque es muy distraído -explica la mamá de Alejandro a la tía Josefina, que ha venido de visita.
La tía Josefina es muy agradable, pero a veces se pone severa y agita un dedo sobre la cabeza de Alejandro, diciendo cosas tan sorprendentes como ésta: -Si no tienes más cuidado, un día de estos vas a perder tu propio nombre. ¡Perder su propio nombre! Mucho tiempo después de que la tía Josefina se haya marchado, Alejandro sigue recordando sus extrañas palabras. Menos mal que antes de irse a la cama, logra encontrar la goma, el lápiz y uno de los caramelos. El otro parece haberse esfumado para siempre, a menos que se lo haya comido Bip, el perro de la casa.
A la mañana siguiente, Alejandro se levanta de buen humor para ir al colegio. Se sabe muy bien la lección de geografía y eso pone contento a cualquiera. Sale corriendo de su casa pero, apenas llega a la esquina, tiene que volver a buscar la cartera, que se ha quedado sobre la cama como si tuviera más sueño.
Ahora si, hay que darse prisa porque es una pena saber perfectamente la lección y llegar tarde justo ese día. Alejandro trepa el colectivo y cuando va a pedir su boleto, se queda helado: ¡no puede pagarlo! Las monedas que tenía preparadas sobre la mesa deben estar muertas de risa al ver que se ha olvidado de tomarlas. ¿Qué hacer? Alejandro reúne todo su coraje y se acerca al conductor: -Por favor, déjeme bajar -dice, poniéndose muy colorado-. Olvidé el monedero en casa. -Está bien, muchacho -dice un señor que lo ha oído todo-. Yo te pagaré el boleto para que no llegues tarde a la escuela.
Alejandro dice "Gracias, señor", y se queda muy avergonzado.
Porque díganme, amigos, ¿no es raro que a uno se le olviden tantas cosas? ¿No será que las cosas se ocultan a propósito para que no las olvide? meditando esta curiosa idea, Alejandro llega al colegio y se encuentra en la puerta con Gonzalo y José María, sus mejores amigos. Las primeras horas pasan volando como una bandada de pájaros. Al final de la mañana, durante la clase de lectura, todos los chicos tienen sus libros abiertos sobre los pupitres. Todos menos uno ... "¿Será posible que el libro de lectura se haya salido sólo de la cartera?", se pregunta Alejandro.
Cuando vuelve a casa, revuelve todo su cuarto en busca del libro perdido. ¿Y a que no adivinan dónde estaba?¡Dentro del cajón de los juguetes! Alejandro no lo puso allí, está seguro, pero quizás los juguetes decidieron aprender a leer... Esa noche, Alejandro sueña que sus juguetes, con enormes anteojos como los del abuelo, se sientan en los pupitres de la escuela y aprenden a leer.
Los anteojos no le quedan mal a la jirafa Pintona, ni al oso Canelo, ni a los títeres del teatro de marionetas. ¡Pero el avión cazabombarderos si que está raro con las patillas de los anteojos sujetadas en los reactores! La mañana llega pronto.
Es un día especialmente hermoso porque el papá de José María ha invitado a los amigos de su hijo a ir de excursión... Alejandro se lava y se viste a toda velocidad. Cuando aterriza en la cocina, su mamá está preparando un sabroso paquete: milanesa, tortilla, jamón, queso... ¡Dan ganas de comerlo todo ahora mismo! -Tendrás más hambre luego -dice la mamá, guardando las provisiones en un bolsón. Alejandro termina la leche y corre a la ventana.
¡Que espléndido día! El papá de José María llevará a cinco chicos a pescar en un río, lejos de la ciudad. Dejarán el auto en un pueblo y luego caminarán por el campo abierto. Además de José María, irán Gonzalo y los dos hermanos Hernán y Javier, dos chicos deportistas y simpáticos. "¡Boing, Boing"! Alejandro casi salta al oír el saludo del auto. Cuatro chicos corren hacia la casa, mientras el papá de José María saluda al papá de Alejandro y dice alegremente: -¡Vamos, que se hace tarde! -No olvides tu comida -grita la mamá de Alejandro, que aparece en la puerta con el bolsón en la mano.
Alejandro toma el bolsón y se va, abrazado con sus amigos. ¡Que mañana gloriosa! Los excursionistas llevan casi dos horas caminando por el campo. Alejandro es el más alegre, el que más se divierte. Los demás parecen algo cansados: el papá de José María lleva las cañas de pescar, su hijo carga una bolsa, Gonzalo ha atado su paquete a un palo, Javier transporta las provisiones en la cartera del colegio y Hernán sostiene una pesada cantimplora con agua. Sólo Alejandro tiene las manos libres: ¡ha olvidado su bolsón en el auto! Menos mal que sus amigos repartirán con él su comida... -¡Este chico es incorregible! -dice la mamá de Alejandro al enterarse de lo sucedido. -¡Todo lo olvida o lo pierde! -comenta el papá, disgustado. -¡Un día va a perder su propio nombre! -añade la tía Josefina. Pero Alejandro está tan cansado que, sin cenar, se va a la cama. Pero ... ¿que pasa ahora? En cuanto apaga la luz, la habitación se llena de colores y de voces. De pronto, Alejandro ve que los juguetes salen del cajón, con sus anteojos y sus libros. Se frota los ojos, maravillado, y se maravilla más aun cuando la jirafa Pintona abre un libro y dice: -Vamos a pasar lista para hacer un viaje extraordinario. A ver, ¿está el oso Canelo? ¿Están los títeres Tip y Top? ¿Está el cazabombarderos? -!Sí, sí, sí! -gritan los juguetes. -¡Yo también quiero ir! -suplica Alejandro, pero la jirafa Pintona lo mira severamente y dice: -¿Cómo te llamas? Veré si tu nombre está en la lista de viajeros. Alejandro va a contestar, ¡pero no le sale su nombre! Entonces, recuerda las palabras de la tía Josefina y hace un esfuerzo: "¡no es posible que haya olvidado mi propio nombre!", piensa. -¡Vamos, que se hace tarde! -dice la jirafa pintona, y en la confusión de la partida, nadie vuelve a preguntarle a Alejandro como se llama.
Así que, tomados de la mano, todos vuelan hacia un arco iris. De pronto, el grupo se suelta y Alejandro se encuentra sin saber como en un magnífico salón, ante una mesa ricamente servida. Pero lo más extraordinario es que alrededor de la mesa se sientan los personas que Alejandro siempre soñó conocer: el Jefe indio Nube Roja, Alicia, la del País de las Maravillas, Sandokan, el Tigre de Malasia, el Hombre del Espacio y su Robot, Don Quijote y Sancho Panza ...
¡Eso es mucho mejor que una fiesta de cumpleaños! -¿Quién es ese invitado? -Pregunta Alicia, señalando a Alejandro. Todos esperan en silencio, pero el sólo puede decir: "Yo soy... Me llamo ... Mi nombre es ...", sin aclarar absolutamente nada. -No queremos desconocidos aquí -dice severamente Sandokan. -¡Yo no soy un desconocido! -grita Alejandro, tratando en vano de recordar su nombre-. Yo me llamo ... Yo soy... Pero nada: ni la menor idea de quién es ni de cómo se llama. Es terrible. -Déjenlo pasar Vuestra Mercedes -interviene Don Quijote, siempre bondadoso y caballero. -Quizás recuerde su nombre cuando haya comido -añade Sancho Panza. Alicia hace un gestito de desaprobación, pero nadie se opone formalmente a que Alejandro se siente a la mesa. Una vez allí, surge otro problema: -¿Dónde estar tu tenedor? -pregunta el Jefe Nube Roja. Es cierto: todos tienen tenedor menos Alejandro, quien piensa con amargura: "Seguramente lo he perdido en algún sitio". Así que tiene que prestarle su tenedor el Robot, ya que puede tomar las cosas con su pinza. La comida no es tan agradable como Alejandro había esperado: todos los personajes le piden constantemente cosas que el no puede darles.
Alicia se encapricha con que quiere un caramelo, justamente aquel caramelo que Alejandro nunca logró encontrar. El Hombre del Espacio necesita un lápiz para explicar como vuela su nave, pero Alejandro no puede recordar donde esta su caja de útiles. Sandokan pide más queso, pero Alejandro se olvidó en el auto el bolsón de las provisiones... La verdad es que se pasa toda la comida dando explicaciones. De pronto, Alejandro se siente muy aburrido. Al notar que los ojos se le cierran de sueño, todos los personajes se ponen a reír a carcajadas: -¡Ja, Ja! -exclama el Jefe Nube Roja-. ¡El querer dormir y seguramente el haber perdido su cama! -¡Ja, Ja! -ríe Alicia-. ¡Quiere dormir y seguramente ha perdido su sueño! Sólo Don Quijote, menos juguetón, se acerca a Alejandro y, tomándolo de la mano, lo acompaña hasta su cama. Allí, lo tapa con una colcha bordada, que quién sabe de dónde ha salido. Antes de dormirse, Alejandro se fija en el bordado de la colcha, que forma la palabra "Alejandro". ¡Ahí está su nombre, por fin! Con un suspiro de alivio, cierra los ojos y se duerme del todo.
A la mañana siguiente, Alejandro recuerda cada detalle de su extraordinario viaje. También, cosa rara, encuentra sus zapatillas casi en seguida. Luego, guarda sus lápices, sus gomas y sus caramelos, cada uno en su lugar. Pone los libros en la cartera, y la cartera sobre la mesa, junto a las monedas para el autobús. Porque Alejandro ha decidido, de una buena vez, que las cosas no se pierden si uno no les permite hacerlo. ¿De dónde viene el nombre Alejandro?
ESPECIAL PARA ALEJANDROS Y ALEJANDRAS
El nombre ALEJANDRO viene de muy lejos y es muy antiguo. Las primeras personas que se llamaron así nacieron donde se juntan Europa y Asia. El más famoso de todos los Alejandros es Alejandro El Grande, o Alejandro Magno. Nació hace mas de 2.300 años y fue el emperador más joven y poderoso de la Historia. Fundó un inmenso imperio y muchas ciudades, de las cuales la más hermosa es Alejandría. Alejandría, llamada así en recuerdo de Alejandro, es hoy un gran puerto de Egipto. Hace muchísimo tiempo tenía una maravillosa Biblioteca y un Faro, hoy desaparecidos. El Faro de Alejandría, que media más de cien metros de altura, fue una de las Siete Maravillas del Mundo. Otro Alejandro famoso es el doctor Alejandro Fleming, que descubrió la penicilina y recibió por ello el Premio Nobel en 1945. Preocupado al ver que las heridas se infectaban, encontró un pequeño hongo que tenía el maravilloso poder de curar. El que quiera darle las gracias a ese hongo tan amable, puede encontrarlo, por ejemplo, en las venitas verdes del queso Roquefort. ¿Cómo se dice "yo me llamo Alejandro" en otros idiomas?
En Francés
Je m'appelle Alexandre Ye mapel Alexandr
En Italiano
Mi chiamo Alessandro Mi quiamo Alessandro
En Inglés
My name is Alexander Mai neim is Alexander
La princesa y el frijol
La princesa y el frijol
Por: Hans Christian Andersen
Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que no se contentaba sino con una princesa de verdad. De modo que se dedicó a buscarla por el mundo entero, aunque inútilmente, ya que a todas las que le presentaban les hallaba algún defecto.
Princesas había muchas, pero nunca podía estar seguro de que lo fuesen de veras: siempre había en ellas algo que no acababa de estar bien. Así que regresó a casa lleno de sentimiento, pues ¡deseaba tanto una verdadera princesa!
Cierta noche se desató una tormenta terrible. Menudeaban los rayos y los truenos y la lluvia caía a cántaros ¡aquello era espantoso! De pronto tocaron a la puerta de la ciudad, y el viejo rey fue a abrir en persona.
En el umbral había una princesa. Pero, ¡santo cielo, cómo se había puesto con el mal tiempo y la lluvia! El agua le chorreaba por el pelo y las ropas, se le colaba en los zapatos y le volvía a salir por los talones. A pesar de esto, ella insistía en que era una princesa real y verdadera.
"Bueno, eso lo sabremos muy pronto", pensó la vieja reina.
Y, sin decir una palabra, se fue a su cuarto, quitó toda la ropa de la cama y puso un frijol sobre el bastidor; luego colocó veinte colchones sobre el frijol, y encima de ellos, veinte almohadones hechos con las plumas más suaves que uno pueda imaginarse. Allí tendría que dormir toda la noche la princesa.
A la mañana siguiente le preguntaron cómo había dormido.
–¡Oh, terriblemente mal! –dijo la princesa–. Apenas pude cerrar los ojos en toda la noche. ¡Vaya usted a saber lo que había en esa cama! Me acosté sobre algo tan duro que amanecí llena de cardenales por todas partes. ¡Fue sencillamente horrible!
Oyendo esto, todos comprendieron enseguida que se trataba de una verdadera princesa, ya que había sentido el frijol nada menos que a través de los veinte colchones y los veinte almohadones. Sólo una princesa podía tener una piel tan delicada.
Y así el príncipe se casó con ella, seguro de que la suya era toda una princesa. Y el frijol fue enviado a un museo, donde se le puede ver todavía, a no ser que alguien se lo haya robado.
Por: Hans Christian Andersen
Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que no se contentaba sino con una princesa de verdad. De modo que se dedicó a buscarla por el mundo entero, aunque inútilmente, ya que a todas las que le presentaban les hallaba algún defecto.
Princesas había muchas, pero nunca podía estar seguro de que lo fuesen de veras: siempre había en ellas algo que no acababa de estar bien. Así que regresó a casa lleno de sentimiento, pues ¡deseaba tanto una verdadera princesa!
Cierta noche se desató una tormenta terrible. Menudeaban los rayos y los truenos y la lluvia caía a cántaros ¡aquello era espantoso! De pronto tocaron a la puerta de la ciudad, y el viejo rey fue a abrir en persona.
En el umbral había una princesa. Pero, ¡santo cielo, cómo se había puesto con el mal tiempo y la lluvia! El agua le chorreaba por el pelo y las ropas, se le colaba en los zapatos y le volvía a salir por los talones. A pesar de esto, ella insistía en que era una princesa real y verdadera.
"Bueno, eso lo sabremos muy pronto", pensó la vieja reina.
Y, sin decir una palabra, se fue a su cuarto, quitó toda la ropa de la cama y puso un frijol sobre el bastidor; luego colocó veinte colchones sobre el frijol, y encima de ellos, veinte almohadones hechos con las plumas más suaves que uno pueda imaginarse. Allí tendría que dormir toda la noche la princesa.
A la mañana siguiente le preguntaron cómo había dormido.
–¡Oh, terriblemente mal! –dijo la princesa–. Apenas pude cerrar los ojos en toda la noche. ¡Vaya usted a saber lo que había en esa cama! Me acosté sobre algo tan duro que amanecí llena de cardenales por todas partes. ¡Fue sencillamente horrible!
Oyendo esto, todos comprendieron enseguida que se trataba de una verdadera princesa, ya que había sentido el frijol nada menos que a través de los veinte colchones y los veinte almohadones. Sólo una princesa podía tener una piel tan delicada.
Y así el príncipe se casó con ella, seguro de que la suya era toda una princesa. Y el frijol fue enviado a un museo, donde se le puede ver todavía, a no ser que alguien se lo haya robado.
CUANDO BERNARDO MASTICÓ GRAMA
CUANDO BERNARDO MASTICÓ GRAMA
Por Florencia M. Weslake
BERNARDO no se sentía muy cómodo sentado frente al fuego. Por extraño que parezca, estaba procurando respirar tanto humo como le fuera posible, y de vez en cuando le preguntaba a su hermanita:
-¿Todavía puedes sentir el olor?
-Sí, todavía puedo sentirlo -le respondía Mariana. Ella amaba profundamente a su hermano, y, si le era posible, lo escudaría de cualquier cosa en el mundo que pudiera dañarlo. Pero a Mariana le parecía ahora que su hermano estaba traspasando la línea, y que en esas circunstancias, a ella le sería imposible ayudarlo. En su joven cabecita, ella pensaba que Bernardo se estaba poniendo demasiado atrevido, demasiado osado, y que la mamá, que siempre era dulce y bondadosa, esta vez lo castigaría. El papá estaba ausente de la casa gran parte del tiempo, pero la mamá no descuidaba su deber, como ya Mariana lo había descubierto en sus siete años de vida.
Generalmente los dos niños jugaban muy felices juntos, pero, desde que había cumplido los diez años, a Bernardo de vez en cuando le gustaba salir con los muchachos. La mamá le había dicho repetidas veces que Federico, el muchacho que vivía a la vuelta de la esquina, no era un buen compañero para él; pero Bernardo admiraba en Federico su garbo y su forma fanfarrona de encarar las cosas, y esa especie de diablillo que bullía en él, que lo convertían en un héroe ante los ojos de los muchachos menores.
Esa tarde Federico se mostró especialmente atrevido.
-Mira lo que tengo en el bolsillo, Bernardo -dijo y sacó un paquete de cigarrillos-. ¿Te atreves a probar uno?
Bernardo vaciló por un momento, recordando las estrictas órdenes que su padre le había dado, y el chasco que sufriría su madre si descubría que él había fumado.
Federico lo animó diciendo:
-¡Vamos, ya no eres un bebé!
Bernardo sabia que él debería haber dicho directamente:
-No, yo no los tocaré -pero vaciló, y Federico de nuevo trató de persuadirlo.
De cualquier manera sus padres nunca se enterarían de nada, de manera que Bernardo hizo a un lado su conciencia y salió con Federico, por la cerca de atrás, yendo luego por el camino que conducía al arroyo, donde había unos arbustos... precisamente el lugar apropiado para encender sus cigarrillos sin que nadie los viera. Federico había probado fumar antes, y le aseguró a Bernardo que eso era muy emocionante Pero Bernardo no tardó en descubrir que el fumar no era tan agradable como Federico se lo había pintado, y después de las dos o tres primeras bocanadas sintió un gusto horrible en la boca.
Federico se rió de él y le dijo:
-Mejor que mastiques un poco de hierba antes de ir a casa. Eso te limpiará la boca y tu madre no se enterará de nada.
A orillas del arroyo crecía en abundancia la grama, verde, fresca y lozana, y después de un rato a Bernardo le pareció que, a juzgar por la cantidad de grama que había masticado, debía ser un caballo. Luego le empezó a doler la cabeza y, disculpándose, se retiró.
Se alegró al llegar a la casa, pero aunque no se sentía muy feliz, no pensaba que sería descubierto, a lo menos por su madre. Había sin embargo, una o dos cosas en las cuales no había pensado, y una de ellas era su aliento. Mariana lo esperaba en el portón, y tan pronto como se acercó a él se dio cuenta de lo que su hermano había estado haciendo. Abriendo tamaños ojos le echó una mirada de reproche, porque ella y Bernardo eran muy compañeros.
-Bernardo -dijo, y su voz sonaba muy triste.
-¿Sientes mucho el olor? -preguntó él. Mariana asintió con la cabeza.
-Yo mastiqué grama como Federico dijo, montones, pero parece que eso no ayuda nada.
Durante la cena Bernardo se mantuvo extrañadamente silencioso y Mariana lo observó ansiosamente. Después se sentaron en torno al fuego, Bernardo tan lejos de su madre como le fue posible. Se alegró porque el fuego echaba un poco de humo, y él aprovechó para aspirarlo tanto como pudo, con la esperanza de que el olor del humo disfrazaría el otro olor.
Por fin llegó la hora de acostarse. La mamá le lavó la cara a Mariana y luego llamó a Bernardo. El trató de retener el aliento mientras hablaba con ella, pero no pudo lograrlo. La madre se detuvo de repente y dijo en una voz muy queda que era tan suya:
-Bernardo, ¿qué has estado haciendo?
-Nada.
-Tú has estado fumando, ¿no es así?
-Tal vez es el humo del fuego -dijo él, pero estaba seguro de que ella no le creería.
¡Y así fue! Ella no le creyó. Bernardo comprendió que no valía la pena seguir negando más. A la madre nunca se le puede mentir, y el niño comprendió que debía recibir el castigo. La madre le lavó la boca con algo que tenía un sabor horrible, y además le administró una dosis de lo que ella llamaba "aceite de correa". En esa medicina no había mucho de aceite, pero por cierto que había bastante de correa.
Esa noche fue a la cama un muchacho triste, pero cuando despertó a la mañana, era un muchacho más sabio que estaba resuelto a que nunca volvería a fumar, ni chasquear a Mariana, ni apenar a su madre. Había aprendido algo aun más importante: -que los muchachos se sienten mucho más felices cuando son leales y obedientes y están de parte de lo que es recto.
Por Florencia M. Weslake
BERNARDO no se sentía muy cómodo sentado frente al fuego. Por extraño que parezca, estaba procurando respirar tanto humo como le fuera posible, y de vez en cuando le preguntaba a su hermanita:
-¿Todavía puedes sentir el olor?
-Sí, todavía puedo sentirlo -le respondía Mariana. Ella amaba profundamente a su hermano, y, si le era posible, lo escudaría de cualquier cosa en el mundo que pudiera dañarlo. Pero a Mariana le parecía ahora que su hermano estaba traspasando la línea, y que en esas circunstancias, a ella le sería imposible ayudarlo. En su joven cabecita, ella pensaba que Bernardo se estaba poniendo demasiado atrevido, demasiado osado, y que la mamá, que siempre era dulce y bondadosa, esta vez lo castigaría. El papá estaba ausente de la casa gran parte del tiempo, pero la mamá no descuidaba su deber, como ya Mariana lo había descubierto en sus siete años de vida.
Generalmente los dos niños jugaban muy felices juntos, pero, desde que había cumplido los diez años, a Bernardo de vez en cuando le gustaba salir con los muchachos. La mamá le había dicho repetidas veces que Federico, el muchacho que vivía a la vuelta de la esquina, no era un buen compañero para él; pero Bernardo admiraba en Federico su garbo y su forma fanfarrona de encarar las cosas, y esa especie de diablillo que bullía en él, que lo convertían en un héroe ante los ojos de los muchachos menores.
Esa tarde Federico se mostró especialmente atrevido.
-Mira lo que tengo en el bolsillo, Bernardo -dijo y sacó un paquete de cigarrillos-. ¿Te atreves a probar uno?
Bernardo vaciló por un momento, recordando las estrictas órdenes que su padre le había dado, y el chasco que sufriría su madre si descubría que él había fumado.
Federico lo animó diciendo:
-¡Vamos, ya no eres un bebé!
Bernardo sabia que él debería haber dicho directamente:
-No, yo no los tocaré -pero vaciló, y Federico de nuevo trató de persuadirlo.
De cualquier manera sus padres nunca se enterarían de nada, de manera que Bernardo hizo a un lado su conciencia y salió con Federico, por la cerca de atrás, yendo luego por el camino que conducía al arroyo, donde había unos arbustos... precisamente el lugar apropiado para encender sus cigarrillos sin que nadie los viera. Federico había probado fumar antes, y le aseguró a Bernardo que eso era muy emocionante Pero Bernardo no tardó en descubrir que el fumar no era tan agradable como Federico se lo había pintado, y después de las dos o tres primeras bocanadas sintió un gusto horrible en la boca.
Federico se rió de él y le dijo:
-Mejor que mastiques un poco de hierba antes de ir a casa. Eso te limpiará la boca y tu madre no se enterará de nada.
A orillas del arroyo crecía en abundancia la grama, verde, fresca y lozana, y después de un rato a Bernardo le pareció que, a juzgar por la cantidad de grama que había masticado, debía ser un caballo. Luego le empezó a doler la cabeza y, disculpándose, se retiró.
Se alegró al llegar a la casa, pero aunque no se sentía muy feliz, no pensaba que sería descubierto, a lo menos por su madre. Había sin embargo, una o dos cosas en las cuales no había pensado, y una de ellas era su aliento. Mariana lo esperaba en el portón, y tan pronto como se acercó a él se dio cuenta de lo que su hermano había estado haciendo. Abriendo tamaños ojos le echó una mirada de reproche, porque ella y Bernardo eran muy compañeros.
-Bernardo -dijo, y su voz sonaba muy triste.
-¿Sientes mucho el olor? -preguntó él. Mariana asintió con la cabeza.
-Yo mastiqué grama como Federico dijo, montones, pero parece que eso no ayuda nada.
Durante la cena Bernardo se mantuvo extrañadamente silencioso y Mariana lo observó ansiosamente. Después se sentaron en torno al fuego, Bernardo tan lejos de su madre como le fue posible. Se alegró porque el fuego echaba un poco de humo, y él aprovechó para aspirarlo tanto como pudo, con la esperanza de que el olor del humo disfrazaría el otro olor.
Por fin llegó la hora de acostarse. La mamá le lavó la cara a Mariana y luego llamó a Bernardo. El trató de retener el aliento mientras hablaba con ella, pero no pudo lograrlo. La madre se detuvo de repente y dijo en una voz muy queda que era tan suya:
-Bernardo, ¿qué has estado haciendo?
-Nada.
-Tú has estado fumando, ¿no es así?
-Tal vez es el humo del fuego -dijo él, pero estaba seguro de que ella no le creería.
¡Y así fue! Ella no le creyó. Bernardo comprendió que no valía la pena seguir negando más. A la madre nunca se le puede mentir, y el niño comprendió que debía recibir el castigo. La madre le lavó la boca con algo que tenía un sabor horrible, y además le administró una dosis de lo que ella llamaba "aceite de correa". En esa medicina no había mucho de aceite, pero por cierto que había bastante de correa.
Esa noche fue a la cama un muchacho triste, pero cuando despertó a la mañana, era un muchacho más sabio que estaba resuelto a que nunca volvería a fumar, ni chasquear a Mariana, ni apenar a su madre. Había aprendido algo aun más importante: -que los muchachos se sienten mucho más felices cuando son leales y obedientes y están de parte de lo que es recto.
CINCUENTA CENTAVOS DE RECOMPENSA
CINCUENTA CENTAVOS DE RECOMPENSA
Por Rafael Escandón
CUANDO sonó el despertador a las cuatro de la mañana, Guillermo se levantó sin pensarlo dos veces. Había dormido poco esa noche porque se había quedado hasta tarde arreglando su equipo para esquiar. Se alistó a la carrera, tomó luego un desayuno muy sencillo a esa hora tan inoportuna, y le pidió a su padre que lo llevara a la escuela secundaria, desde donde saldrían para la Sierra Nevada a esquiar por tres días.
Guillermo Escandón era un alumno de la escuela Preparatoria dependiente del Colegio de la Unión del Pacifico, y cursaba el segundo año. Y en esta ocasión no quería perderse la oportunidad de practicar uno de sus deportes favoritos. Por esa razón, se había esforzado para conseguir las subscripciones al periódico de la escuela que se necesitaban para participa en una excursión gratuita a la nieve con los otros compañeros que habían hecho lo mismo.
Lo único que le tocaba pagar era el ascensor que los subiría a la montaña.
Guillermo se acomodó en la camioneta del pastor Juan Kerbs, profesor de Biblia de la escuela, y junto con otros compañeros de clases y la profesora Benson, después de haber hecho una oración en conjunto, partieron hacia la nieve. A pesar de los inconvenientes de la madrugada, todos iban radiantes de alegría. Jaime Kerbs, presidente de la Asociación Estudiantil; e hijo del profesor ya mencionado, era el chofer del vehículo.
Un poco antes de llegar a la cancha para esquiar resolvieron entrar a un restaurante para tomar algo caliente y cambiarse de ropa. Y, sin perder tiempo, así lo hicieron. Después, con el equipo ya listo, partieron de nuevo. No habían recorrido ni medio kilómetro cuando Guillermo, acordándose de algo, le dijo de pronto a Jaime:
-Regresemos. Dejé mi billetera sobre el lavamanos.
Atendiendo al pedido de su amigo, Jaime dio vuelta inmediatamente. Pero cuando llegaron de nuevo al restaurante, la cartera de Guillermo había desaparecido.
-¿Cuánto dinero tenias en la cartera? -le preguntó la señora Benson.
-No era mucho; sólo tenía lo suficiente para pagar por la "silla" durante estos tres días -repuso con tristeza el aludido.
-¿Cuánto era? -inquirió Rebeca Specht, una de las compañeras del viaje.
-¡Treinta y cuatro dólares con setenta y cinco centavos!
Aquélla experiencia hizo que por un instante el ánimo del joven de cayera. Pero consiguió dinero prestado de uno de sus compañeros para poder divertirse en la nieve; y trató de olvidar su desgracia lo mejor que pudo.
A los pocos días recibió por correo la billetera con las fotografías que en ella tenía, el permiso para manejar y las monedas que se hallaban en uno de los compartimentos. Había perdido sólo los 34 dólares en billetes.
Dos semanas después de haberle ocurrido aquel incidente desagradable, al andar por los terrenos del colegio, Guillermo encontró un monedero sin identificación alguna. Al contar el dinero que aquélla contenía, descubrió, para sorpresa suya, que había 34 dólares con 50 centavos. Pensó entonces que Dios le había enviado ése dinero para recuperar precisamente lo que se le había perdido, pero escuchando la voz de su conciencia lo llevó a la oficina de objetos perdidos. Allí registraron su nombre y el número de su teléfono.
Seis semanas más tarde Guillermo recibió una llamada telefónica de la oficina de objetos perdidos. Como nadie había reclamado aquel dinero, ahora se lo entregaban como suyo. El joven enseguida le dio gracias a Dios por haber premiado su honestidad. Además de haber recuperado su dinero, recibía ahora cincuenta centavos de recompensa.
Por Rafael Escandón
CUANDO sonó el despertador a las cuatro de la mañana, Guillermo se levantó sin pensarlo dos veces. Había dormido poco esa noche porque se había quedado hasta tarde arreglando su equipo para esquiar. Se alistó a la carrera, tomó luego un desayuno muy sencillo a esa hora tan inoportuna, y le pidió a su padre que lo llevara a la escuela secundaria, desde donde saldrían para la Sierra Nevada a esquiar por tres días.
Guillermo Escandón era un alumno de la escuela Preparatoria dependiente del Colegio de la Unión del Pacifico, y cursaba el segundo año. Y en esta ocasión no quería perderse la oportunidad de practicar uno de sus deportes favoritos. Por esa razón, se había esforzado para conseguir las subscripciones al periódico de la escuela que se necesitaban para participa en una excursión gratuita a la nieve con los otros compañeros que habían hecho lo mismo.
Lo único que le tocaba pagar era el ascensor que los subiría a la montaña.
Guillermo se acomodó en la camioneta del pastor Juan Kerbs, profesor de Biblia de la escuela, y junto con otros compañeros de clases y la profesora Benson, después de haber hecho una oración en conjunto, partieron hacia la nieve. A pesar de los inconvenientes de la madrugada, todos iban radiantes de alegría. Jaime Kerbs, presidente de la Asociación Estudiantil; e hijo del profesor ya mencionado, era el chofer del vehículo.
Un poco antes de llegar a la cancha para esquiar resolvieron entrar a un restaurante para tomar algo caliente y cambiarse de ropa. Y, sin perder tiempo, así lo hicieron. Después, con el equipo ya listo, partieron de nuevo. No habían recorrido ni medio kilómetro cuando Guillermo, acordándose de algo, le dijo de pronto a Jaime:
-Regresemos. Dejé mi billetera sobre el lavamanos.
Atendiendo al pedido de su amigo, Jaime dio vuelta inmediatamente. Pero cuando llegaron de nuevo al restaurante, la cartera de Guillermo había desaparecido.
-¿Cuánto dinero tenias en la cartera? -le preguntó la señora Benson.
-No era mucho; sólo tenía lo suficiente para pagar por la "silla" durante estos tres días -repuso con tristeza el aludido.
-¿Cuánto era? -inquirió Rebeca Specht, una de las compañeras del viaje.
-¡Treinta y cuatro dólares con setenta y cinco centavos!
Aquélla experiencia hizo que por un instante el ánimo del joven de cayera. Pero consiguió dinero prestado de uno de sus compañeros para poder divertirse en la nieve; y trató de olvidar su desgracia lo mejor que pudo.
A los pocos días recibió por correo la billetera con las fotografías que en ella tenía, el permiso para manejar y las monedas que se hallaban en uno de los compartimentos. Había perdido sólo los 34 dólares en billetes.
Dos semanas después de haberle ocurrido aquel incidente desagradable, al andar por los terrenos del colegio, Guillermo encontró un monedero sin identificación alguna. Al contar el dinero que aquélla contenía, descubrió, para sorpresa suya, que había 34 dólares con 50 centavos. Pensó entonces que Dios le había enviado ése dinero para recuperar precisamente lo que se le había perdido, pero escuchando la voz de su conciencia lo llevó a la oficina de objetos perdidos. Allí registraron su nombre y el número de su teléfono.
Seis semanas más tarde Guillermo recibió una llamada telefónica de la oficina de objetos perdidos. Como nadie había reclamado aquel dinero, ahora se lo entregaban como suyo. El joven enseguida le dio gracias a Dios por haber premiado su honestidad. Además de haber recuperado su dinero, recibía ahora cincuenta centavos de recompensa.
LA SIRENITA
LA SIRENITA
Por: Hans Christian Andersen
En el fondo del más azul del océano,había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y la medusa al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas. “¡Oh!, ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!”.
“Todavía eres demasiado joven”, respondió la abuela. “Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas”.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor. “¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!”.
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida. “¡Qué hermoso es todo!”, exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!". Pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”.
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!”. La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
“¡Cuidado! ¡El mar...!”. En vano la Sirenita gritó y gritó. Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar. “¡Corred! ¡Corred!”, gritaba una dama de forma atolondrada. “¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémosle al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...”. La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas. “¡Gracias por haberme salvado!”. Le susurró a la bella desconocida. La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella y no la otra, quién lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en su garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
“¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor”. “¡No me importa”, respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos, “a condición de que pueda volver con él!”.
“¡No he terminado todavía!” dijo la vieja. “¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tucuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola. “¡Acepto!”, dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído. “No temas”, le dijo de repente. “Estás a salvo. ¿De dónde vienes?”. Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle. “Te llevaré al castillo y te curaré”.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas: “¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas”.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas: “¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!”. “¿Quiénes sois?”, urmuró la muchacha, dándose cuenta que había recobrado la voz. “¿Dónde estáis?”. “Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos”.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban: “¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras!”.
“Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres”, le decían.
“¡Tu has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende mas que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones!”, dijéronle. Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque os cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirra con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.
Por: Hans Christian Andersen
En el fondo del más azul del océano,había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y la medusa al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas. “¡Oh!, ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!”.
“Todavía eres demasiado joven”, respondió la abuela. “Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas”.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor. “¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!”.
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida. “¡Qué hermoso es todo!”, exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!". Pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”.
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!”. La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
“¡Cuidado! ¡El mar...!”. En vano la Sirenita gritó y gritó. Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar. “¡Corred! ¡Corred!”, gritaba una dama de forma atolondrada. “¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémosle al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...”. La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas. “¡Gracias por haberme salvado!”. Le susurró a la bella desconocida. La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella y no la otra, quién lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en su garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
“¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor”. “¡No me importa”, respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos, “a condición de que pueda volver con él!”.
“¡No he terminado todavía!” dijo la vieja. “¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tucuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola. “¡Acepto!”, dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído. “No temas”, le dijo de repente. “Estás a salvo. ¿De dónde vienes?”. Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle. “Te llevaré al castillo y te curaré”.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas: “¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas”.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas: “¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!”. “¿Quiénes sois?”, urmuró la muchacha, dándose cuenta que había recobrado la voz. “¿Dónde estáis?”. “Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos”.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban: “¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras!”.
“Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres”, le decían.
“¡Tu has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende mas que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones!”, dijéronle. Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque os cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirra con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.
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